Iniciativa para reducir la jornada laboral a 40 horas llega al Senado; se implementará gradualmente hasta 2030
La iniciativa presidencial para reducir la jornada laboral de 48 a 40 horas semanales fue recibida por el Senado de la República para su análisis. La propuesta contempla una transición gradual que comenzaría en 2027, con una reducción de dos horas anuales hasta alcanzar el objetivo en 2030. La reforma, calificada como “histórica” por la presidenta del Senado, Laura Itzel Castillo, busca modificar el artículo 123 de la Constitución y la Ley Federal del Trabajo para establecer dos días de descanso obligatorio por cada cinco de trabajo. Según el secretario del Trabajo, Marath Bolaños, la propuesta es resultado de un amplio consenso tras 40 mesas de diálogo con empresarios, sindicatos y trabajadores. El calendario de implementación establece que la jornada pasará a 46 horas en 2027, 44 en 2028, 42 en 2029 y finalmente 40 en 2030, sin que esto implique una disminución de salarios o prestaciones. El senador Óscar Cantón Zetina, presidente de la Comisión de Puntos Constitucionales, aclaró que la discusión y aprobación de la reforma se llevará a cabo durante 2026, ya que no hay un plazo fijo para dictaminar. No obstante, la diputada de Movimiento Ciudadano, Patricia Mercado, advirtió que el texto actual de la iniciativa no garantiza explícitamente los dos días de descanso obligatorio, un punto que podría generar debate durante su análisis legislativo. La reforma también prohíbe las horas extras obligatorias para menores de edad y establece un registro electrónico para supervisar su cumplimiento en los centros de trabajo.



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La entrada Arrestan a presunto implicado en robos con violencia a comercios se publicó primero en Noticias de Aldama.

DOMINGA.– Choqué de frente con el abandono institucional. No fue una metáfora ni una sensación difusa: fue un impacto seco, frontal, imposible de esquivar. En noviembre de 2011, mi destino ya estaba sellado. Condenado a cinco años de prisión por el delito de operaciones con recursos de procedencia ilícita, ingresé al reclusorio más sobrepoblado de América Latina. El Reclusorio Preventivo Varonil Norte. Más de 11 mil 500 internos hacinados en un espacio diseñado para muchos menos. Un monstruo de concreto que respiraba miseria, olvido y resignación. Y esta última empezaba a acomodarse en mi vida, como un huésped incómodo que llega sin ser invitado pero decide quedarse. Sin embargo, la condición material del lugar era algo para lo que nadie puede prepararse. Pasillos, rincones, áreas comunes y celdas completamente inmunes a cualquier noción de higiene o dignidad. Inmunes al Estado. Inmunes al cuidado. Inmunes a la vergüenza.Cientos de compañeros caminaban a diario por los pasillos de dormitorios y patios en un ir y venir constante, muchas veces sin destino claro. Algunos lo hacían por ansiedad, otros por rutina, otros simplemente para no quedarse quietos. Muchos estaban abandonados a su suerte aun dentro de la institución que, en teoría, debía resguardarlos. El abandono no era una excepción: era la norma.No había aseo personal regular. Los olores eran penetrantes, nauseabundos, una mezcla espesa de sudor viejo, humedad, comida rancia y cuerpos enfermos. El mantenimiento básico consistía apenas en arrojar agua sobre el suelo y un poco de jabón, muy poco. No había desinfectantes. No había fumigaciones.La limpieza de celdas y dormitorios recaía exclusivamente en los internos, sobre todo los recién llegados, quienes debían costear con sus propios recursos cualquier intento de higiene. Vi compañeros con micosis severas, hongos que perforaban la piel, llagas abiertas que supuraban sin atención médica suficiente.Cada quien cargaba con sus miedos y sus ascos. Yo podía soportar casi todo. Incluso las chinches, si dormía completamente vestido, sin dejar un solo centímetro de piel expuesto. Pero había algo que no podía tolerar bajo ninguna circunstancia: las cucarachas.La presencia masiva, innegable, de miles de cucarachasUna noche –de esas raras en que la cárcel concede una tregua– el bullicio se apagó. La violencia cotidiana, los gritos, los golpes metálicos y las órdenes aulladas quedaron suspendidos. En ese silencio frágil, un hilo de luz se filtró desde el pasillo hacia el interior de la celda. Era una claridad tenue, casi piadosa, pero suficiente para iluminar el rostro de un compañero que dormía en el suelo.Esa imagen, detenida en la quietud de la madrugada, me golpeó con una verdad elemental: la vulnerabilidad absoluta del ser humano frente a escenarios hostiles creados por la propia especie. Pensaba en eso cuando el compañero giró lentamente la cabeza. Entonces lo vi. Literalmente vi cómo una cucaracha salía de su oído. No corrió. No huyó. No pareció sorprendida. Simplemente emergió, como si aquel cuerpo fuera una extensión natural de su territorio. Me quedé inmóvil, clavado en la penumbra. Miré a los lados buscando confirmación, otros ojos que compartieran la visión, alguien que atestiguara lo imposible. No encontré a nadie. Algunos dormían profundamente; otros, despiertos, miraban hacia ninguna parte, entrenados ya en el arte de no ver.Intenté aferrarme a la lógica. Pensé que quizá la cucaracha estaba en el piso y, por casualidad, se trepó al oído antes del movimiento. Pero entonces apareció una segunda. Y ahí se quebró cualquier intento de explicación racional.Mis pensamientos se desbarrancaron. Imaginé que las cucarachas vivían dentro de mi compañero, que su cuerpo era un refugio, una madriguera orgánica, una ficción biológica donde estos insectos habían encontrado hogar. La idea me hizo apretar la quijada hasta temblar, invadido por una mezcla de horror y repugnancia.Puedo asegurarlo sin exagerar: a partir de ese episodio mi vida cambió. Por primera vez fui consciente de la presencia masiva, innegable, de miles –quizá millones– de cucarachas habitando el reclusorio. Años después escribiría en mis notas: “Las cucarachas merecen un capítulo” de mis días en prisión. Su presencia es absoluta, omnipresente, inevitable.No te das cuenta de su mundo –o decides ignorarlo– mientras el impacto traumático del encierro está fresco. Al principio hay cosas más urgentes: la sentencia, la familia, el miedo, la violencia, la incertidumbre. No esas putas cucarachas que aparecen cuando mueves un traste o levantas un trapo. Al inicio forman parte del fondo, del ruido visual, de lo que se aprende a ignorar para sobrevivir. Además, crees que sólo estarás ahí unos días. Que no importa.Pero cuando te adaptas, cuando la resignación se acomoda en el cuerpo y entiendes que pasarás años ahí dentro, empiezas a aceptar el horror cotidiano de convivir con ellas. Compartes el espacio, la comida, los utensilios, incluso la piel.“Vivimos como cucarachas: nos adaptamos, resistimos, invadimos”Recordé entonces a un amigo inglés que alguna vez me contó que en su casa no lograban erradicar las cucarachas y que él mismo no se atrevía a matarlas. Decía, muy molesto y en un español impecable: “Pinche cucaracha, yo no me meto en tu mundo, ¿por qué te metes en el mío?”. Al final tuvo que fumigar.Aquí eso era impensable. Nadie fumiga una cárcel como esta. Autoridades e internos se burlarían de ti. Así que no quedaba más que aguantar el asco en silencio.Después de aquella noche no pude dormir durante días. Sentía pasos en la cabeza, en los brazos, a veces en la cara. Me cuidaba los oídos. Cualquier cosquilleo me obligaba a presionar fuertemente la oreja contra el colchón. Permanecía alerta, con una pequeña lámpara vigilando cada sombra. Llegué a pensar que los humanos también vivimos como cucarachas: nos adaptamos, resistimos, invadimos.La paranoia me llevó a creer que ellas pensaban. Una mañana desperté y vi a una encima de mi pie. Estoy seguro de que me observaba. Moví los ojos y se movió. Volví a moverlos y avanzó unos pasos, sin dejar de mirarme.Pensé que sabía: El día anterior había conectado la plancha sin sacudirla. Varias huyeron; otras murieron achicharradas. Así aprendí a reconocer el olor de una cucaracha quemada, un aroma que quedó grabado para siempre en mi memoria. De la plancha salieron alas, polvo, cadáveres diminutos. Sin querer, cometí uncucarachicidio.No sentí culpa pero sí temor a ser presa de ellas, sobre todo por las noches. Había una testigo. Pensé que daría aviso a la invisible Sociedad Protectora de Cucarachas del Reclusorio Varonil Norte. Por eso relacioné a esa con la que me miraba. Ya saben, pensé. Me sentí descubierto.Por las noches somos indefensos. Nos trepan. Entran y salen cuando quieren. Las hay pequeñas y veloces, y otras grandes, a las que llamo patinetas. Se refugian en el calor: colchones, libros, zapatos, planchas. Las vi incluso en los vehículos de traslado. Las sentí en la oscuridad de la cabina. Su actitud se parece demasiado a la nuestra: invaden, allanan, se agrupan para devorar, saquear. Tienen sensores para detectar agua y comida, una habilidad exagerada para percibir el peligro y huir.Esa mañana la eché de la celda sin pisarla. Nunca me ha gustado hacerlo. Lavamos todo con agua caliente. Ninguna apareció. Fue como si se hubieran puesto de acuerdo. Esa ausencia me dio más miedo que su presencia.Esa noche el penal volvió a callar. El hilo de luz regresó. Iluminó al compañero dormido en el suelo. Entonces entendí que ahí dentro todos compartíamos lo mismo: cuerpos vulnerables, expuestos, buscando descanso en medio de un mundo hostil.GSC/ATJ

DOMINGA.– El 7 de junio de 2014, los libros de historia sumaron nuevos renglones de mentiras a los tomos dedicados al narcotráfico: la tarde de ese sábado habría muerto el legendario Juan José Esparragoza Moreno, El Azul.Su muerte por causas naturales, como la de cualquier plebeyo, parecería indigna para un rey del tráfico de las drogas: a él se le atribuye, bajo las órdenes de Miguel Ángel Félix Gallardo, la organización de la mítica cumbre de narcotraficantes en abril de 1989 en la que los criminales se repartieron el país como rebanadas de un pastel.El Azul era el único que, respetado y admirado por los señores de las drogas de todas las coordenadas, podía juntar bajo el mismo techo hasta a los más acérrimos enemigos. De esa reunión en Acapulco, Guerrero, nació el sistema de “plazas” que hasta hoy divide al país en fronteras invisibles.Aquel sábado, el país lamentaba que la Selección Mexicana había perdido contra Portugal a pocos días del inicio de la Copa del Mundo en Brasil. Millones estaban preocupados por el ridículo internacional, sin saber que el teatro del absurdo se construía en casa: cientos de cuentas en redes sociales esparcieron, como en coreografía, la noticia de que El Azul falleció a causa de un infarto fulminante.Los seguidores del capo festejaban en medio del duelo que Esparragoza Moreno habría logrado lo que muy pocos alcanzan en el crimen organizado: escapó de la muerte en una celda, en alguna brecha abatido por militares o en una casa de seguridad torturado por sus enemigos. Se había ido impune e intocable.Su biografía alcanzaba esa tarde niveles de leyenda: su corazón se detuvo cuando intentó levantarse de la cama y expiró en libertad.Los vacíos en la información se fueron llenando a lo largo del día con un relato extraño y genérico: 15 días antes, El Azul supuestamente había sufrido un accidente automovilístico en algún lugar de Sinaloa. El encontronazo había sido tan fuerte que le fracturó la cadera y requirió cirugía de inmediato en un hospital.Por tratarse de un adulto de 65 años, se anticipaba una operación de alto riesgo que salió bien en un principio, pero que se complicó en la etapa posoperatoria.Para acelerar su recuperación, el paciente debía caminar trayectos cortos en el mismo hospital. Un paso acá, otro paso allá. En uno de esos intentos se levantó de la cama y se desplomó. Las maniobras de resucitación fallaron, aunque se aplicaron en un hospital con el equipo necesario para tratar urgencias.Los perfiles en redes sociales que anunciaron su muerte no tardaron en alargar el rumor: fotografías del capo en blanco y negro, mensajes de despedida, corridos en su honor y lamentos circularon por internet. Incluso, dieron fecha, hora y lugar de un supuesto sepelio en un pueblo en la Sierra Madre Occidental.Sólo había un problema: nadie podía aportar una sola prueba de que El Azul ya no estaba en el plano de los vivos. Había muerto pero no había cadáver.La muerte de El Azul como un acto de feLa muerte de Esparragoza Moreno levantó sospechas desde el principio: nadie podía precisar el lugar del accidente automovilístico que desató su supuesto fallecimiento ni el registro policiaco de algún hecho de tránsito que hubiera dejado heridos o muertos.En redes sociales tampoco se precisaba el nombre del hospital o del médico que atendió al Azul. Y el dato como las coordenadas de las instalaciones médicas era contradictomínimorio. Algunos ubicaban la muerte del capo en Ciudad de México, mientras que otros apuntaban a Guadalajara, Jalisco o Culiacán. No había fotos del cadáver ni copia del acta de defunción. Sólo la muerte como un acto de fe.Más datos incongruentes se fueron sumando a la información: que había sido enterrado en Badiraguato, Sinaloa, o que había sido cremado y sus cenizas estaban en Culiacán; que el médico responsable había huido del país por miedo a las represalias o que ya había sido asesinado y por eso nadie lo localizaba; que sus restos descansaban en un fastuoso mausoleo con un nombre falso o que sus familiares lo guardaban en una urna dentro una casa discreta, como a él le gustaba.Al día siguiente del supuesto fallecimiento, la entonces Procuraduría General de la República, a cargo de Jesús Murillo Karam, anunció que iniciaba una indagatoria formal para confirmar su muerte. Para hacer creíble el resultado, los investigadores sumaron a agentes del hoy extinto Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen). Y los militares se agregaron con discreción. Los periodistas en medios nacionales y sinaloenses hicieron sus propias investigaciones: el diario Noroeste reveló que dos altos funcionarios del gobierno de Sinaloa no pudieron confirmar la muerte del capo; el semanario Ríodoce tampoco pudo verificar el fallecimiento de manera independiente; y los reporteros locales consignaron las palabras del gobernador, Mario López Valdez:“Nada oficial, nada verídico de que iban a traer las cenizas. Aquí estamos reunidos nosotros, los directores, en la evaluación del Ayuntamiento. Pero no hay nada”.El gobierno federal dio carpetazo al asunto una semana después con un veredicto inconcluso: tal vez está muerto, tal vez está vivo. La duda activó a la Administración de Control de Drogas de Estados Unidos (DEA), que arrancó sus propias pesquisas. Buscaban un cuerpo para hacerle una prueba de ADN, un funeral que haya estremecido a Badiraguato, un reacomodo violento que confirmara la ausencia del líder. Encontraron polvo. Nada.Sólo una persona, plenamente identificada antes las autoridades, corroboró la muerte del capo: un mes más tarde del rumor, el 20 de agosto de 2014, policías federales detuvieron en Culiacán a dos hombres que conducían un vehículo con marihuana, cocaína, armas, cartuchos y 2 millones 746 mil pesos. Uno de ellos, el copiloto, aseguró en un interrogatorio en Toluca que él mismo había tocado el cadáver del narcotraficante. Testigo invaluable del fallecimiento. Se identificó como José Juan Esparragoza Jiménez, hijo de El Azul.“Sin embargo, no fue posible realizar un cotejo positivo, toda vez que no se cuenta con información genética que permita establecer la relación de parentesco; adicionalmente se realizó un cotejo de bases de otras dependencias en las que tampoco existe información que permita tener la certeza científica de la filiación de parentesco”, detalló el gobierno federal en un comunicado. El rumor era lo único que, sin duda, seguía vivo.Los inicios de El Azul como cultivador de marihuana y amapolaSi la muerte de Juan José Esparragoza Moreno es un misterio, también lo es su nacimiento. El gobierno mexicano asegura que nació el 3 de febrero de 1949, pero en algunas fichas estadunidenses la fecha cambia al 2 de marzo de ese mismo año. Como muchos en su natal Badiraguato, abandonó rápidamente la escuela para buscar una vida en el campo. Primero, como cuidador de ganado, luego como cultivador de marihuana y amapola.Empezó a traficar drogas en la estructura criminal de Pedro Avilés, El León de la Sierra, quien lo convenció de unirse como detective en la policía estatal para ser más útil a los señores de la droga.Con placa y luego sin ella se incorporó al Cártel de Guadalajara que fundó Félix Gallardo, Rafael Caro Quintero, Ernesto Fonseca Carrillo y otros capos de la vieja escuela. Desde entonces, familiares y amigos lo ubicaban por su apodo: su piel era tan oscura que se asemejaba al tono de un mar turbio y picado.Cuando esos tres tomaron la fatídica decisión de secuestrar, torturar y asesinar al agente de la DEA Enrique Kiki Camarena por infiltrarse en el cártel, y arruinar sus negocios al denunciar en Estados Unidos un enorme rancho marihuanero conocido como El Búfalo, el Cártel de Guadalajara se desplomó sin la protección de políticos mexicanos.El Azul se encargó de que cada uno de los jefes se quedara con un pedazo de México y que los demás pagaran una cuota por transitar por territorio ajeno. Un esfuerzo que pronto se iría al carajo por la ambición de la generación de narcotraficantes a finales del siglo pasado.“Estuvo en prisión durante siete años y fue liberado en 1992. Luego se unió al Cártel de Juárez y trabajó bajo el mando de Amado Carrillo Fuentes, hasta la muerte de Carrillo en 1997”, se lee en su breve biografía publicada por Insight Crime.Luego, como pocos, hizo el tránsito hacia el Cártel de Sinaloa: se convirtió en la mano derecha de Joaquín El Chapo Guzmán y de Ismael El Mayo Zambada. Mientras el primero estaba en la cárcel, él fungió como el operador en tierra; y cuando El Mayo debía atender otras tareas, El Azul tomaba la posición de jefe indiscutible, el único capaz de tender puentes entre narcos, políticos y empresarios.Antes que otros, Esparragoza Moreno entendió que las bodas en el crimen organizado no se realizan por amor, sino por negocios. Nadie se resiste a hacer tratos con la familia. Se casó con la cuñada del Chapo, fue el padrino de un hijo de Amado Carrillo Fuentes, también de uno de los sobrinos del Mayo y uno de sus hijos está casado con una de las hijas de los Beltrán Leyva.Emparentado con todos, respetado y querido, su posición se consolidó como el mediador más efectivo entre los cárteles mexicanos.“Durante una fiesta Juan José Esparragoza Moreno [...] se acercó al jefe de una banda de narcotráfico y le pidió hablar unos minutos. ‘Ya no le jale mucho al dedo’, recomendó, en referencia a la costumbre del sicario de disparar contra sus rivales. ‘Los negocios éstos no se llevan con las muertes y se echan a perder’”.“La conversación quedó consignada en el expediente del juicio contra el general Francisco Quiroz Hermosillo, acusado de delitos contra la salud y lavado de dinero”, escribió en 2014, días después de la supuesta muerte, el periodista Alberto Nájar en un artículo para la BBC.La historia más contada en Sinaloa es que El Azul nunca dejó de trabajar. Operó por décadas gracias a que no se dejaba ver en público o fotografiar. Incluso, exigía que no se tocaran los corridos que componían en su honor. Discreto, siguió moviendo los hilos del tráfico de drogas para el Cártel de Sinaloa hasta el sexenio del presidente Enrique Peña Nieto. Hasta que un día simplemente se evaporó. El final incierto de ‘El Azul’Dicen que realmente murió y el Cártel de Sinaloa orquestó una operación detallada para que su cuerpo no fuera tocado por las autoridades como una muestra de respeto a su talla criminal. Dicen que no murió, pero que sí estuvo en un hospital haciéndose una cirugía plástica para retirarse del narcotráfico sin miedo a ser reconocido.Que aún vive en la sierra sinaloenses con otro nombre y alejado la delincuencia; que huyó a otro país donde vive con una identidad secreta; que aún toma decisiones para el Cártel de Sinaloa; que negoció su rendición con el gobierno mexicano; que vive, muere o está en algún limbo, como los fantasmas que se aparecen, los santos que hacen milagros o los demonios que sueltan maldiciones terrenales.Nadie sabe con seguridad el final del Azul. Su nombre está en la categoría de los capos que la historia narcótica de México da por muertos, pero sin un cadáver que lo compruebe: ahí están, por ejemplo, Amado Carrillo Fuentes, El Señor de los Cielos, del Cártel de Juárez, quien supuestamente murió en un hospital de la Ciudad de México tras someterse a una extensa cirugía plástica para cambiar su apariencia.O Nemesio Oseguera Cervantes, El Mencho, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, a quien con frecuencia se le da por fallecido a causa de una enfermedad renal que fue revelada por la Secretaría de Marina.Otros han fingido su deceso, sólo para morir dos veces: de Heriberto Lazcano Lazcano, El Lazca, fundador de Los Zetas, se dijo que había muerto en un enfrentamiento con militares en 2011, pero que su cuerpo había sido robado de una funeraria… sólo para morir definitivamente meses después, cuando el gobierno recuperó sus restos e hizo una comprobación genética.O Nazario Moreno González, El Chayo, creador de Los Caballeros Templarios, quien falleció en una balacera en 2010, revivió y finalmente fue abatido en 2014.La única certeza está en internet: el gobierno de Estados Unidos aún conserva a Juan José Esparragoza Moreno, El Azul, como uno de los fugitivos más buscados. Creen que ahora se podría llamar Juan Esparragosa Ualino, Juan José Esparragoza Italino, Arturo Beltrán, Raúl González o Juan Robledo.El Buró Federal de Investigaciones (FBI, por sus siglas en inglés) no cree el rumor de su muerte. A los 77 años, El Azul es considerado armado y peligroso. Y lo más importante: vivo y entre nosotros.MD

DOMINGA.– Miel es uno de los peores casos de maltrato animal registrados en México. Era una perrita de la calle, rescatada en Morelos por una mujer con discapacidad. Alguien atacó a Miel con la brutalidad de un machete, un cuchillo y un picahielo; incluso fue violada. Las heridas eran tan graves que no hubo alternativa: tuvieron que dormirla. Hasta hoy, el crimen sigue impune.Es la desoladora realidad que enfrentan millones de perros: padecen hambre, sed, enfermedades y están expuestos a accidentes, maltrato y abuso sexual. Ante la omisión de la sociedad y administraciones públicas que no asumen su responsabilidad en esta ecuación, refugios o albergues para perros no sólo son necesarios sino imprescindibles en este país.Esto dicen las cifras. Siete de cada diez animales sufren algún tipo de violencia en este país, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). De acuerdo con un estudio de Mars Petcare de 2024, al menos 29.7 millones de perros y gatos vivían en condición de calle; y según estimaciones del Congreso de la Ciudad de México, cada año se abandonan unos 500 mil.Este es el contexto en el que surge el Refugio Franciscano A.C., tristemente célebre por un escándalo de despojo que involucra abuso de poder y un pleito entre particulares cuyo trasfondo remite a la voracidad inmobiliaria. Hasta hace unas semanas, hospedaban a quizás la manada de perros más grande en un albergue, al poniente de la Ciudad de México.En una alcaldía donde nada detiene la construcción de lujosos y modernos edificios, el refugio se ubicaba desde 1977 en el kilómetro 17.5 de la carretera libre México-Toluca, en Cuajimalpa. Lo fundó Ita Osorno, piedra angular en el rescate animal; una mujer que después de algunos años en Bélgica, se enfrenta con los horrores de la “perrera” de Culhuacán –es decir el centro antirrábico que ella describió como “la antesala del infierno” por la crueldad ejercida contra los animales–, esto hizo que consagrara con su vida a la protección animal.La guerrera animalista conoce a Antonio Haghenbeck, con el que entabla una amistad cercana. El empresario y filántropo, sabiendo de la labor y compromiso de Ita, le da en comodato el hoy codiciado predio para albergar y proteger animales en situación de calle y abandono.Por 48 años el Refugio Franciscano funcionó con recursos materiales muy limitados provenientes de donativos –como sobreviven todos los refugios–, pero con abundancia de cuidado y amor para 25 mil animales que, se calcula, fueron rescatados a lo largo de su historia. La consigna era clara y temeraria: nunca decir no a cualquier animalito que necesitara ayuda. Hoy todo el país está volcado en el seguimiento de un conflicto entre los propietarios del terreno y la asociación que cuidaba a los animales, así como el paradero de mil 095 animales que fueron sacados de su hogar y puestos al amparo de las autoridades que intervinieron ante denuncias de supuesto maltrato. DOMINGA hace un recuento del caso de los franciscanitos.Influencersdifunden una narrativa de maltrato animalEl 11 de diciembre de 2025 pasará a la historia como uno de los días más oscuros para el mundo del rescate animal. La pesadilla inició al filo de la medianoche, cuando un comando de hombres embozados desalojó, con fuerza pública incluida, a los cuidadores presentes dentro del inmueble que ya no pudieron ingresar a ver el estado de mil 095 perros y 39 gatos vivían ahí. Tampoco les fue permitida la entrada a sus veterinarias que imploraban pasar para administrarles medicamentos o tratamientos, que muchos de los perritos y gatitos requerían, o para ponerle sus prótesis a una perrita sin patitas. Gina Rivara, directora del refugio, recuerda cuando le avisaron que la Fundación Antonio Haghenbeck acababa de tirar la puerta con lujo de violencia: “Empecé a no sentir las piernas. Sí caminaba pero se me entumieron, también las manos, salimos como locos todos. Fue una cosa espantosa. Pero lo peor fue el estrés y miedo que sufrieron los animalitos, inmerecido, injusto, vil”. Valiéndose de una sentencia provisional otorgada por el Juzgado 60 Civil, que la autoridad admitió sin revisión alguna, por tres días la Fundación Haghenbeck –dueña del predio– permaneció a puertas cerradas. El 12 de diciembre permitieron el ingreso de influencersque tomaron videos y fotografías mostrando perros enfermos, suciedad e instalaciones deterioradas que movieron en redes sociales, generando la indignación pública; una de ellos, Sofía Morín, de 24 años, que forma parte del comité de bioética de la Agencia de Atención Animal de la Ciudad de México, levantó junto con otras personas una denuncia penal por supuesto maltrato en contra del patronato y el 13 de diciembre ingresó la Fiscalía para levantar un peritaje. “Durante varios días los animales no tuvieron alimento, bebida ni medicamento. Cuando ingresó Sofía Morin para tomar sus fotografías –asegura Patricia Enríquez, subdirectora del refugio– ya se habían fabricado pruebas para enderezar la denuncia contra ella y Gina Rivara, por supuesto maltrato animal”, escribió Ricardo Raphael en su columna de MILENIO.Lo que se vendió en reelsy stories virales como el mayor rescate de perros, por aparente maltrato de sus cuidadores, terminó siendo un despojo histórico para los animales rescatados en la capital mexicana.858 animalitos desalojados del Refugio FranciscanoEl 7 de enero de 2026, después de que la Fiscalía confirmara “crueldad animal”, y pese a que la Fundación Haghenbeck había permanecido ya 28 días en el lugar, un operativo de más de 200 policías con armas largas,sustrajo 858 perros que fueron asegurados y trasladados a por lo menos tres refugios improvisados: 304 a un albergue en el Ajusco, 183 al Deportivo Los Galeana en la Delegación Gustavo A. Madero y 371 fueron trasladados a las instalaciones deBrigada de Vigilancia Animal,adonde ni el Patronato del refugio ni animalistas pudieron ingresar. La Fiscalía anunció que 20 se hospitalizaron y 21 murieron. Al momento, el gobierno ha informado de la muerte de seis animales más posterior a su extracción y 171 en estado delicado. Activistas acusan que la cifra de decesos es mayor.Bajo el inclemente sol del mediodía, metían dos o tres perros en cada jaula que iban apilando en camiones de redilas y de basura; algunas quedaron de cabeza, otras se caían. Uno de los camiones lleno de jaulas y tapado con una lona no augurabanada bueno para los animalitosque habían metido ahí, con 32 grados, se teme que hayan llegado deshidratados o peor, asfixiados.Los lamentos de los animalitos se podían escuchar con claridad. Esos perritos rescatados, que por fin habían abandonado los horrores de las calles, que habían encontrado una familia que los amaba, comenzaron a vivir un nuevo infierno.“Tuvieron tiempo de sobra para sembrar [pruebas]”Antonia Sánchez del Villar, veterinaria especialista en maltrato animal, señala que en la extracción de los perritos fueron violados todos sus derechos y las Cinco Libertades de Bienestar Animal: libertad de hambre y sed; libertad de incomodidad; libertad de dolor, lesiones o enfermedad; libertad para expresar comportamiento natural; libertad de miedo y angustia. “Materialmente los asaron vivos, hubo un momento que me indigné tanto que les dije: ‘¡mejor mátenlos pero no los torturen más!’”, dice Antonia.Al Deportivo Los Galeana llegaron 183 perritos en kennels y dentro de éstos permanecieron por al menos seis días. Para un animal, especialmente un perro, el encierro total en el que no puede moverse es una forma de tortura. “Esto genera indefensión aprendida, el animal ‘se rinde’ y deja de luchar. También estereotipias, que son movimientos obsesivos o llantos debido al estrés del encierro”, dice Sánchez del Villar.pic.twitter.com/29Ww22yIDG— REFUGIO FRANCISCANO AC (@Ref_Franciscano) January 7, 2026 Las evidencias que mostró la autoridad, continúa Sánchez del Villar, fueron pan con chocolate que supuestamente servía de alimento, además de agua sucia y excremento y orines de animales que no se limpiaron por varios días. “Tuvieron tiempo de sobra para sembrar lo que quisieran”, dice.La Fiscalía asegura que los perros vivían hacinados y sin posibilidad de movimiento. DOMINGA visitó el refugio en junio de 2025 y lo que vimos fue a una mayoría de perros que corrían felices y movían las colas a todo el que los visitaba. Una realidad que no coincide con las imágenes que circularon en redes, de perritos “con sarna, tumores o heridas no tratadas”.Una de las fotos más difundidas fue la de un franciscanito presuntamente mordido por ratas, un roedor por lo demás presente en la ciudad, incluidos los zoológicos. “He tenido la oportunidad de observarla, incluso hasta con lupa. Es obvio que ese animal fue atacado por sus congéneres por el mal manejo en el traslado, por la improvisación, por el abuso, el estrés”. “En el refugio los teníamos controlados, sabíamos quién no se llevaba bien con quién, qué perro era agresivo. Los animales son muy nobles con el humano pero con sus congéneres, si no tienen buena química, pueden llegar a destrozarse”, dice Antonia, quien también ha atendido a los animales desde hace 30 años.Coincidentemente en un documento que recién se hizo público, la Fundación Haghenbeck hizo un recuento de los perros y gatos muertos bajo su custodia, uno de ellos en efecto, fue “atacado y posteriormente muerto el 24 de diciembre”.La indignación que generó el operativoMarielena Hoyo, exdirectora del zoológico de Chapultepec, que condujo por 20 años lo dice claro y fuerte: “La ciudad tendría que haber intervenido con los perros ahí adentro. Cuando entran a una revisión por ejemplo, alguna queja sanitaria, te dan un periodo de tiempo para que compongas lo que están observando y te dicen que volverán en tantos días. Y si no sucede, te clausuran”.La también miembro honoraria del patronato del Refugio Franciscano, recuerda que Ita Osorno –quien murió en 2010– era tan respetada y querida que no se atrevieron a hacer nada contra ella hasta ahora que creyeron que el refugio estaba solo. “Lo único que hicieron es demostrar que el refugio es de todos, a todos nos pertenecen estos animalitos”.Por su parte Mariano Osorio, periodista y conductor, sostiene que ni la Fundación Haghenbeck ni el gobierno vieron venir esta oleada de voces de gente “que respetamos, conocemos y entendemos al Refugio, que desde su imperfección y pobreza entregó amor puro y sólido a muchos animales durante todos estos años. Siempre se puede hacer mejor las cosas, pero este proceso de respeto y credibilidad de tantos años, y tanta gente, no es gratuito”. Osorio, quien se hizo protector y rescatista y quien entabló una amistad entrañable con Ita Osorno, continúa describiendo la gran labor del refugio frente a la irresponsabilidad de la gente: “Llegaban muchas personas y dejaban a los perritos a la puerta del refugio porque iban a ‘donar’ a su perro; los aventaban por encima de la barda y entonces caían lastimados; los dejaban al filo de la carretera, o soltaban al perro y se arrancaban en el coche y el perrito se iba atrás de ellos y un coche atrás en la carretera lo atropellaba”. “Inventar que les daban chocolate en medio de la comida, que es tan tóxico, es lo más perverso y burdo que pude haber escuchado en mucho tiempo”.“Un pleito entre particulares”El conflicto entre el Refugio Franciscano y la Fundación Antonio Haghenbeck se remonta a los años noventa. Cuando fallece el filántropo y animalista Antonio Haghenbeck y de la Lama, en 1991, deja en su testamento predios en comodato a dos asociaciones –el Refugio Franciscano y el Albergue Canino, de la entonces vicepresidenta de la Fundación, Josefina González Polo– con la condición de que se destinen a la protección de perros y gatos en situación de abandono. Años antes, en 1984, se había establecido ya la Fundación, cuya misión es administrar los bienes de don Antonio y garantizar que su patrimonio se dedicara a la protección animal. La Fundación ha argumentado que el refugio no ha cumplido con esta cláusula, ya que no “protegían”, sino que “maltrataban”. Lo cierto es que el predio de 16 hectáreas de bosque, donde los perritos salían a pasear diario, de las cuales el refugio utilizaba 10 mil metros, y luego les fue recortado a 5 mil, fue vendido en 2020 al Banco Ve Por Más, que a su vez transfirió los derechos al Fideicomiso 303. Finalmente, “el terreno fue vendido a Fibra Uno, el fideicomiso inmobiliario más grande de Latinoamérica, que desarrolló los proyectos Torre Mayor y Mitikah”, de acuerdo a documentos publicados por la periodista Elena Chávez.El monto real de la venta fue de 650 millones de pesos, aunque el documento asentado en el Registro Público de la Propiedad dice que fue vendido por 650 mil, sin que la Junta de Asistencia Privada (organismo destinado a regular a las asociaciones de beneficencia) dijera nada, mucho menos cuando la Fundación dejó de dar fondos para el mantenimiento del refugio desde 2010.Pero además la discrepancia entre la cifra declarada y la real, podría representar un fraude fiscal a la ciudad.Sumado a esto, según registros de la Secretaría de Desarrollo Urbano y Vivienda, en 2023 se hace el cambio de suelo para construir en el predio multifamiliares y oficinas. Pero ante la presión de la opinión pública que se volcó a favor del Refugio Franciscano e incluso levantó denuncias en contra de funcionarios, Clara Brugada, la Jefa de Gobierno –quien ha declarado que su administración no se metería en un “pleito entre particulares”– anunció el 12 de enero, ya con los perritos desalojados, que no se autorizará ninguna construcción ahí mientras dure su gobierno.Después de que la Fundación vendiera el predio en 2020, el Refugio Franciscano interpuso un amparo, argumentando que se estaba violando el testamento de Antonio Haghenbeck y que ellos debían seguir con el comodato. Así que, en 2022, la Fundación acusó por primera vez al Refugio de maltrato animal; recurso que no prosperó luego de que la Fiscalía, entonces a cargo de Ernestina Godoy, encontrara al refugio funcionando adecuadamente. Así que se firma un convenio –que la Fundación luego impugna en tribunales– en el que el refugio aceptaba abandonar el predio a cambio de que ésta construyera un nuevo albergue en un terreno que el patronato debía conseguir y que logró obtener en 2024 en Texcoco. El Juzgado 60 decide omitir que sí lo consiguió y gira la orden de desalojo que ejecuta la Fundación el 10 de diciembre de 2025, a la media noche, cuando estaba abierto el periodo de amparo.En 2023, la Fundación realizó una donación de 14 millones de pesos a la Brigada de Vigilancia Animal, dependencia que resguarda animales rescatados, para la creación de la Ciudad de los Perros y Gatos, obra que se terminó a marchas forzadas para llevar ahí a todos los franciscanitos, de acuerdo a la autoridad, de manera “paulatina”.El Patronato del refugio se opone tajantemente a este nuevo traslado. Curiosamente,Mónica Ballesteros, directora de Brigada Animal, adonde supuestamente fueron enviados 371 franciscanitos, ha sido denunciada por maltrato por organizaciones animalistas.La traición a Antonio HaghenbeckLa actual presidenta de la Fundación Haghenbeck, Carmela Rivero, quien también es fundadora de dos empresas inmobiliarias, alega que “no es de interés de nadie” lo que pase con el terreno. “Los propietarios pueden hacer lo que quieran con su propiedad!”, ha dicho, agregando que: “si alguien tiene experiencia de lo que quería don Antonio cuando estaba haciendo su testamento, fui yo. Y lo que hizo fue sólo simbólico para tranquilizar a Ita”.DOMINGA buscó a Josefina González Polo, abogada y exvicepresidenta de la Fundación. Su anterior albergue, Albergue Canino, estaba mencionado en el citado testamento y es la actual poseedora del albergue Reserva para la Protección de la Flora y Fauna Silvestre Doméstica y del Medio Ambiente, adonde llevaron 304 franciscanitos en el Ajusco. Ella tiene otra versión. “Conocí a don Antonio Haghenbeck y platiqué con él durante cuatro meses todos los miércoles. A mí me platicaba su vida personal y, cuando me conoció supo que lo primero para mí son los perros, es ahí donde establece en su testamento que yo debía velar por que esos terrenos fueran siempre para los animales. Si Carmela lo saludó, lo conoció o platicó con él, no recuerdo [...]. Aquí lo que teníamos que seguir era la voluntad moral de don Antonio”.González Polo se amparó pero todavía no puede ingresar a las instalaciones de su albergue en el Ajusco, a medio construir, que nunca le terminó la Fundación y que hoy “están a cargo de la influencer Sofía Morín”, acusa Josefina. González Polo, quien ha sido protectora de animales y rescatista desde hace 40 años, explica que la Fundación Haghenbeck tiene un modus operandi.“A mí, en 2021, me prepararon un montaje igual. Fueron a mis instalaciones con Eugenio Derbez de invitado. Yo no podía acompañarlo porque tengo un problema de movilidad. Al día siguiente se queja con la Fundación de que mis animales estaban siendo maltratados y que estaban en muy malas condiciones. La Haghenbeck me cita y dice ‘te vamos a quitar la ayuda por lo que dijo Derbez’”. Al día siguiente, la abogada llegó al albergue con el veterinario que la acompañaba siempre. “Estaba la Brigada Animal, dos patrullas, Verónica Blanco, apoderada legal, y Carmela Rivero tratando de entrar a mis instalaciones para desalojarme. No me dejé y se fueron. Por eso pienso que le realizaron un montaje al Refugio Franciscano”. “Es obvio suponer que es su modus operandi, probablemente allá adentro en el Refugio alguien hizo lo que hizo para que, cuando entraran las autoridades, vieran todo el desastre. Lo puedo casi asegurar porque me lo hicieron a mí”.Los franciscanitos tienen el espíritu quebradoFernando Pérez Correa, el abogado del Refugio Franciscano desde 2010 y también protector, apunta que ya no hay recurso legal que se pueda interponer a la resolución de amparo dictada por la Jueza 60 Civil, Ana Miriam Yépez Arriola el viernes 23 de enero pasado. El predio deberá ser devuelto a las 12 horas del 30 de enero, aunque los perros siguen asegurados y el proceso judicial continúa. Por lo que no pueden darse en adopción.“Que nos pongan cámaras, que vayan diario incluso de manera permanente, queremos que ustedes estén tranquilos y que vean la verdad de cómo funciona el Refugio. No les vamos a cerrar la puerta, de hecho, también dijimos que de manera ordenada, y no todos los días, pero vamos a dar acceso a los medios para que vayan a vernos. Y desde luego, a los voluntarios, que nos ayuden a pintar y mejorar las instalaciones. También hay que exigirle a la Fundación que cumpla con su compromiso de construir el nuevo refugio en nuestro terreno de Texcoco”.¿Qué Pasó?… El Tribunal Superior de Justicia de la CDMX instruyó la recuperación de un inmueble propiedad de nuestra Fundación. Desde hoy, los perritos y gatitos encontrados en el sitio estarán bajo nuestro resguardo. Cada uno tiene un lugar en nuestros corazones. pic.twitter.com/OV4xEbLEWC— FAH (@FAHaghenbeck) December 11, 2025 Josefina González Polo confronta a la Fundación Haghenbeck: “Esos animales tienen el espíritu quebrado y van a empezar a morir, por el estrés tan espantoso que les causaron, su sistema fisiológico ya se descompuso por el estado de estrés constante”. “Que les daban pan, que no tenían espacio, que estaban heridos, que tenían tumores, sí corazón. Pero se sentían seguros y amados, les hicieron una cosa tan espantosa. En un albergue de mil perros, aproximadamente 100 perros están en malas condiciones, ¡es normal y se van tratando poco a poco! Nada más el que ha vivido un albergue sabe las necesidades que se tienen, pero sacaron fotos sólo de esos perritos en mal estado”. ¿Dónde están los demás perros?Ante las denuncias de falta de alimento, medicamentos, agua y de muertes, por parte de activistas como Raaiza González, quienes realizan guardias permanentes afuera de los sitios donde se resguardan a los franciscanitos, hoy domingo la sociedad civil volverá a marchar al Zócalo para exigir quese cumpla la entrega del refugio en tiempo y forma, y la devolución de los perros y gatos.El tiempo sigue pasando y la suerte de los franciscanitos continúa siendo incierta.GSC






