Antes de la llegada de los españoles, el guajolote —del náhuatl "huexolotl" o “gran monstruo”— era un ave valorada no solo como alimento, sino también por su simbolismo, asociado por los mexicas con deidades como Tezcatlipoca. Tras la Conquista, los españoles lo llevaron a Europa, donde fue bautizado como “pavo” por su parecido con el pavo real y se popularizó rápidamente en los banquetes de la nobleza, especialmente en Navidad, por ser una opción abundante y rendidora para alimentar a muchas personas. La costumbre regresó a América, consolidándose en Estados Unidos con el Día de Acción de Gracias y reafirmándose en México como el platillo principal de la Nochebuena.

Su carne magra, baja en grasa y rica en nutrientes también contribuye a su popularidad.

A pesar de que hoy existen múltiples alternativas, el pavo horneado, relleno o en adobo sigue siendo un símbolo de abundancia, unión familiar y celebración, conectando la herencia prehispánica con una tradición global.