Las recientes cumbres diplomáticas en Alaska y Washington han redefinido drásticamente la narrativa de la guerra en Ucrania, posicionando a Donald Trump como un mediador central y alterando el equilibrio geopolítico global. Este nuevo capítulo diplomático ha marginado a la Unión Europea, presentándola como un actor secundario mientras Estados Unidos busca consolidar una nueva arquitectura de seguridad con Rusia, en parte para contener a China. Tras meses de sugerir que Ucrania debería ceder territorio para alcanzar la paz, Trump ha adoptado un discurso radicalmente diferente. Ahora afirma que Ucrania, con el respaldo de la OTAN y la Unión Europea, está en condiciones de recuperar todo su territorio e incluso “ir más allá”, calificando a Rusia como un “tigre de papel” debido a su debilitada economía y su desempeño militar.
Este cambio fue recibido con sorpresa y optimismo cauteloso por el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, quien lo describió como una “señal positiva”.
En un movimiento aún más enérgico, Trump instó a los países de la OTAN a derribar cualquier avión o dron ruso que viole su espacio aéreo, una declaración que eleva la tensión en Europa del Este. El Kremlin reaccionó con ironía, afirmando a través de su portavoz que Rusia “se asocia más con un oso” y que “no existen los osos de papel”. A pesar de su nueva retórica de apoyo, Trump ha insistido en que Europa debe dejar de financiar la guerra “contra sí mismos” comprando energía rusa y ha condicionado un mayor apoyo estadounidense a la imposición de sanciones más duras por parte de los aliados europeos.
En resumenEl cambio de postura de Donald Trump sobre el conflicto en Ucrania, pasando de mediador a un partidario de la victoria militar ucraniana, marca un punto de inflexión. Su nueva retórica agresiva hacia Rusia y la presión sobre los aliados europeos para que asuman un mayor papel reconfiguran la dinámica del conflicto, dejando en la incertidumbre el futuro de la guerra y el rol de Estados Unidos como negociador.