Bajo órdenes del presidente Donald Trump, el ejército de Estados Unidos ha ejecutado una controvertida campaña militar contra embarcaciones sospechosas de narcotráfico, resultando en decenas de muertes y generando una fuerte condena internacional. Desde principios de septiembre, las fuerzas armadas estadounidenses han realizado más de 15 ataques en aguas internacionales del Caribe y el Océano Pacífico, causando la muerte de al menos 65 personas. El secretario de Guerra, Pete Hegseth, ha justificado las operaciones afirmando que la administración trata a los cárteles de la droga “EXACTAMENTE igual que tratamos a Al-Qaeda” y que los presuntos traficantes son “narcoterroristas”. Según Hegseth, las embarcaciones atacadas eran conocidas por la inteligencia estadounidense y transitaban por rutas de narcotráfico.
Sin embargo, Washington no ha presentado públicamente pruebas que vinculen a las víctimas con actividades ilícitas o que demuestren que representaban una amenaza inminente.
Esta situación ha provocado una enérgica condena por parte de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).
El Alto Comisionado para los Derechos Humanos, Volker Türk, calificó los ataques como “inaceptables” y “ejecuciones extrajudiciales” que violan el derecho internacional, instando a Estados Unidos a detenerlos de inmediato. La campaña también ha elevado las tensiones regionales; el presidente venezolano, Nicolás Maduro, acusa a Washington de usar la lucha antidrogas como un pretexto para “imponer un cambio de régimen”. Por su parte, la administración Trump ha defendido su autoridad para llevar a cabo estos ataques sin la aprobación del Congreso, argumentando que no constituyen “hostilidades” bajo la Resolución de Poderes de Guerra de 1973, una postura que expertos legales consideran una “afirmación descabellada sobre la autoridad ejecutiva”.
En resumenLa administración Trump ha implementado una agresiva y letal campaña militar marítima contra el narcotráfico, justificándola como una lucha antiterrorista. Esta política ha resultado en decenas de muertes, ha sido condenada por la ONU como una violación del derecho internacional y ha intensificado las tensiones geopolíticas en América Latina.