La administración Trump ha presentado un controvertido plan de 28 puntos para poner fin a la guerra en Ucrania, generando un complejo escenario diplomático con interpretaciones divergentes por parte de Kiev y Moscú. La propuesta, que incluye concesiones territoriales y militares, ha sido recibida con escepticismo por los aliados europeos y ha puesto a prueba la relación de Washington con el gobierno de Volodímir Zelenski. El plan inicial, que según el presidente ruso Vladímir Putin podría servir de “base para un arreglo pacífico definitivo”, exige a Ucrania ceder control sobre territorios en el Donbás, reducir su ejército a un máximo de 600,000 efectivos y renunciar constitucionalmente a su aspiración de unirse a la OTAN. Tras negociaciones en Ginebra entre delegaciones de EE.UU. y Ucrania, el plan fue modificado a una versión de 19 puntos que, según Kiev, elimina las cláusulas más problemáticas y reafirma la “plena soberanía” ucraniana.
Sin embargo, el Kremlin rechazó estas modificaciones, calificando la contrapropuesta europea de “absolutamente no constructiva”. La situación se ha tensado por el ultimátum de Trump, quien fijó el Día de Acción de Gracias como fecha límite para que Zelenski acepte el acuerdo, aunque luego matizó que no era su “oferta final”. Trump también criticó al liderazgo ucraniano por expresar “cero gratitud” por los esfuerzos de Washington, a lo que Zelenski respondió diplomáticamente agradeciendo el apoyo estadounidense.
Los aliados europeos, por su parte, han expresado su preocupación, insistiendo en que cualquier acuerdo debe contar con su participación y no puede obligar a Ucrania a una “capitulación”.
En resumenEl plan de paz de Trump ha creado una encrucijada diplomática, con Ucrania intentando negociar bajo la presión de un ultimátum, Rusia rechazando cualquier cambio a la propuesta original que considera favorable, y los aliados europeos mostrando recelo. El resultado de estas tensiones definirá no solo el futuro del conflicto, sino también la cohesión de la alianza occidental.