La administración Trump ha ejecutado una agresiva campaña militar en el Caribe y el Pacífico oriental, atacando sistemáticamente embarcaciones sospechosas de narcotráfico. Estas operaciones, que han resultado en más de 87 muertes en al menos 22 ataques, han elevado al máximo la tensión con Venezuela y han generado un intenso debate en el Congreso estadounidense sobre su legalidad y posibles violaciones al derecho internacional. El secretario de Guerra, Pete Hegseth, ha defendido la ofensiva, afirmando que el Pentágono "no se distraerá con la construcción de la democracia, el intervencionismo, (y) las guerras indefinidas" y que el presidente Trump tiene el poder de tomar medidas militares "como considere conveniente".
Hegseth lanzó una advertencia directa: "Si trabajas para una organización terrorista designada y traes drogas a este país en un barco, te encontraremos y te hundiremos".
La controversia escaló tras el ataque del 2 de septiembre, donde informes de prensa indicaron que se ordenó un segundo bombardeo para matar a los sobrevivientes del primer impacto. Este hecho provocó que legisladores de ambos partidos sugirieran que podría constituir un "crimen de guerra" y solicitaran investigaciones formales.
Aunque el almirante Frank Bradley negó haber recibido una orden de "matar a todos", el incidente está bajo profundo escrutinio.
Venezuela, por su parte, ha denunciado los ataques como "ejecuciones extrajudiciales" y una amenaza a su soberanía, movilizando a sus fuerzas armadas.
La familia de un pescador colombiano fallecido en uno de los ataques presentó una denuncia ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), acusando a Estados Unidos de ejecución extrajudicial.
En resumenLa campaña militar contra supuestas "narcolanchas" se ha convertido en un importante foco de conflicto, generando una crisis diplomática con Venezuela y Colombia, y provocando un intenso escrutinio legal y ético dentro de Estados Unidos sobre el uso de la fuerza letal y el presunto ataque a sobrevivientes.