La estrategia busca que los países latinoamericanos sean “razonablemente estables y bien gobernados para prevenir y desalentar la migración masiva” hacia territorio estadounidense.

Además, Washington se propone “negar a competidores de fuera del hemisferio la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos vitales”, en una clara referencia a la influencia de China, Rusia e Irán. Esta política contempla un “reajuste” de la presencia militar en la región para combatir la migración irregular y el narcotráfico. La nueva doctrina ha generado preocupación en América Latina por su carácter intervencionista, mientras que Rusia la ha acogido favorablemente, considerándola “globalmente conforme” a su visión.

La estrategia también adopta una retórica de ultraderecha europea al describir a Europa como una “civilización en riesgo” de desaparición debido a sus políticas migratorias y a la influencia de organismos transnacionales, redefiniendo al continente de aliado a rival.