La administración Trump ha intensificado drásticamente su campaña de presión contra el gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela, combinando acciones militares, sanciones económicas y apoyo a la oposición. La incautación de un buque petrolero venezolano en aguas internacionales representa una escalada sin precedentes en el conflicto. El presidente Trump anunció personalmente la confiscación del buque, identificado como el Skipper, describiéndolo como “el más grande jamás incautado”. La fiscal general Pam Bondi justificó la acción afirmando que el petrolero era utilizado para transportar crudo sancionado de Venezuela e Irán, apoyando a “organizaciones terroristas extranjeras”.
En respuesta, el presidente Maduro calificó el hecho como un “acto de piratería naval criminal” y un “robo descarado”. La Casa Blanca confirmó que el petróleo será confiscado a través de un proceso legal en Estados Unidos. Esta acción se enmarca en un amplio despliegue militar en el Caribe, con el argumento de luchar contra el narcotráfico, y se complementa con amenazas de Trump sobre futuros “ataques por tierra”.
Paralelamente, Washington impuso nuevas sanciones contra tres sobrinos de Maduro, vinculados a PDVSA y al narcotráfico, así como a seis empresas navieras que transportan petróleo venezolano.
La secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, declaró que la incautación fue un golpe al “régimen socialista de Caracas”. La opositora María Corina Machado, por su parte, agradeció el apoyo de EE.
UU. y calificó las acciones de Trump como “decisivas”.
En resumenEstados Unidos ha elevado su ofensiva contra el régimen de Maduro mediante la incautación de activos petroleros, nuevas sanciones y una fuerte presencia militar en el Caribe, justificando sus acciones como una lucha contra el narcoterrorismo, mientras Venezuela denuncia una campaña de piratería para apropiarse de sus recursos.