La ofensiva se presenta como una represalia directa por un ataque que costó la vida a dos soldados y un intérprete estadounidenses. La operación, denominada 'Ataque Ojo de Halcón' ('Hawkeye Strike') en referencia al estado de Iowa de donde eran originarios los soldados caídos, fue descrita por el presidente Trump como una "represalia muy seria". El Comando Central de EE. UU. (CENTCOM) confirmó haber atacado más de 70 objetivos con más de 100 municiones de precisión, utilizando aviones de combate, helicópteros de ataque y artillería. La retórica de la administración ha sido notablemente contundente. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, declaró que la operación "no es el comienzo de una guerra, sino una declaración de venganza", y advirtió que "si atacas a estadounidenses, en cualquier parte del mundo, pasarás el resto de tu breve y ansiosa vida sabiendo que Estados Unidos te cazará, te encontrará y te matará sin piedad". Un aspecto geopolítico clave de esta ofensiva es la aparente colaboración con el nuevo gobierno interino sirio, que respaldó la operación militar estadounidense y reiteró su compromiso de combatir al EI. Este apoyo marca un cambio significativo en la relación bilateral y es visto por analistas como un intento de Washington por consolidar al nuevo liderazgo post-Assad. La acción militar subraya la persistente amenaza del EI en la región y la determinación de la Casa Blanca de responder con fuerza letal a los ataques contra su personal.