El ataque fue ordenado por el presidente Donald Trump, quien lo describió como una “represalia muy seria”. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, fue más allá, calificando la operación como una “declaración de venganza”.

En un mensaje contundente, Hegseth advirtió: “Si atacan a estadounidenses, en cualquier parte del mundo, pasarán el resto de su corta y angustiosa vida sabiendo que Estados Unidos los perseguirá, los encontrará y los eliminará sin piedad”. La ofensiva, que contó con el apoyo de Jordania, utilizó aviones de combate, helicópteros de ataque y artillería con más de 100 municiones de precisión para destruir infraestructura y depósitos de armas del EI. El ataque que motivó la represalia ocurrió el 13 de diciembre cerca de Palmira, cuando un solo tirador emboscó a las tropas estadounidenses, causando las primeras bajas de EE. UU. en Siria desde la caída del régimen de Bashar al Assad. El Observatorio Sirio de Derechos Humanos informó que los bombardeos estadounidenses causaron la muerte de al menos cinco miembros del EI, incluido un líder de célula.