Tensión con Europa: EE. UU. prohíbe la entrada a funcionarios por disputa sobre regulación tecnológica
En una medida que ha tensado las relaciones transatlánticas, el gobierno de Donald Trump ha prohibido la entrada a Estados Unidos a cinco personalidades europeas, incluido el excomisario Thierry Breton. La administración estadounidense los acusa de presionar a empresas tecnológicas para censurar puntos de vista estadounidenses, una acción que la Unión Europea y sus estados miembros han condenado como “inaceptable” e “intimidación”. La prohibición de visa, anunciada por el secretario de Estado Marco Rubio, se dirige a individuos que, según Washington, son “activistas radicales” que han liderado “esfuerzos organizados para coaccionar a las plataformas estadounidenses a castigar los puntos de vista estadounidenses que ellos rechazan”. Además de Breton, la lista incluye a Imran Ahmed, del Centro para Contrarrestar el Odio Digital; Josephine Ballon y Anna-Lena von Hodenberg, de la organización alemana HateAid; y Clare Melford, del Índice Global de Desinformación. El conflicto se centra en la Ley de Servicios Digitales (DSA) de la UE, una legislación impulsada por Breton que impone requisitos estrictos a las grandes tecnológicas para combatir el contenido ilegal y dañino. La reacción de Europa ha sido unánime y contundente. El presidente francés, Emmanuel Macron, declaró que se mantendrán “firmes contra la presión”, mientras que la Comisión Europea, Alemania y el presidente del Consejo de la UE calificaron la medida de “inaceptable entre aliados”. El propio Breton respondió en la red social X: “A nuestros amigos estadounidenses: ‘la censura no está donde ustedes piensan que está’”, recordando que la DSA fue aprobada democráticamente por los 27 estados miembros de la UE.



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La historia rima. Durante la última semana hemos visto muchas analogías entre la Doctrina Monroe y el nuevo imperialismo del presidente Donald Trump, y con razón, dado que la propia administración las hace (solo hace falta leer la reciente estrategia de seguridad nacional).Pero lo que ocurre hoy en Venezuela, y lo que puede suceder en Groenlandia, Ucrania o Taiwán (donde Rusia y China pueden tomar medidas en respuesta a las acciones de la Casa Blanca), no solo se trata de la protección del patio trasero de Estados Unidos, como en la Doctrina Monroe. Se trata de un conflicto más complejo y mucho más global.Por esta razón, la comparación histórica que estuve pensando últimamente es el “gran juego” entre Rusia y Gran Bretaña en el siglo XIX. Ese conflicto involucró a adversarios y aliados por igual, de los cuales, muchos de ellos cambiaron de bando varias veces durante décadas de lucha por la supremacía en Asia Central. Esta vez, son Estados Unidos y China los que están enfrascados en un nuevo gran juego. Hay tres áreas donde podemos ver similitudes fuertes entre las luchas de poder de hace dos siglos y las de la actualidad: la minería, la cartografía y el mercantilismo.Empecemos por la búsqueda de recursos naturales. En el siglo XIX, la mina de oro era India y Asia Central, sitios ricos en especias, metales preciosos y opio. Hoy la competencia se desarrolla en América Latina y el Ártico, y gira en torno a los combustibles fósiles y los minerales de tierras raras.Venezuela y Groenlandia poseen ambos, además de puertos estratégicos. Así como el desarrollo de energía y de infraestructura de China en América Latina fue una de las razones de la acción de Trump en Venezuela, los dos países compiten por los recursos en el Alto Norte. Una empresa china ya invierte en el yacimiento mineral de Kvanefjeld en Groenlandia. Pekín también intensificó la diplomacia en el país en los últimos años.Estados Unidos no solo quiere minerales; desea un Ártico que esté libre de China. Los chinos, a menudo a través de intermediarios rusos, ganaron mucha presencia en la región del Círculo Polar Ártico, donde no solo existen grandes depósitos de combustibles fósiles sin explotar, sino también otros atractivos como la pesca, nuevos corredores marítimos y la posibilidad de utilizarlos para desplegar cables submarinos.Para explotar estos recursos y objetivos estratégicos, los dos países hacen mapas de la zona con mayor detalle, utilizando tecnología de sonar, que es más precisa que la de los satélites. Esto es un eco directo del gran juego original. En ese entonces, los británicos llevaron a cabo misiones cartográficas de emergencia entre Rusia e India para comprender por dónde podía venir el adversario. Como explica Peter Hopkirk en su libro The Great Game: The Struggle for Empire in Central Asia (El Gran Juego: La Lucha por el Imperio en Asia Central), la cartografía y el espionaje eran una misma cosa.Lo mismo ocurre en la actualidad con los países que desean reclamar recursos naturales y realizar ciberespionaje. La Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar establece que las zonas económicas de un país pueden extenderse hasta 200 millas náuticas desde la plataforma continental. Por tanto, algo que se vuelve fundamental es rastrear con exactitud la ubicación de esas plataformas. Tanto EU como Rusia lo hacen hoy, mientras que China incluso operó sus propios submarinos bajo el hielo ártico el verano pasado, presumiblemente con fines económicos y de defensa.La idea, tanto en aquel entonces como en la actualidad, es adelantarse a la batalla, en lugar de enfrentarse de manera directa. Vencer a un rival en un territorio determinado y ser el primero en explotar recursos y alianzas. Esta estrategia de “avance” evita la guerra abierta, pero conduce a todo tipo de intrigas, batallas menores, conflictos ocultos, acuerdos con estados amortiguadores y diferencias de opinión sobre fronteras.Entonces, como ahora, los países podían ser frenemies (amigosenemigos) en medio de la lucha de poder. En el siglo XIX, Rusia y Francia lucharon juntos y entre sí en diferentes momentos. Los afganos y los persas cambiaron frecuentemente de bando. En la actualidad, China y Rusia son socios en el Ártico. China, Rusia, Irán y Corea del Norte también representan una especie de eje antiestadunidense. Pero las alianzas son frágiles, al igual que las relaciones de Estados Unidos con aliados como Canadá y Finlandia, que se supone que son socios en una nueva estrategia de construcción naval.La complejidad lo único que hará es aumentar. Los países europeos no solo están divididos en el asunto del derrocamiento de Nicolás Maduro, también lo están en el tema de qué se debe hacer en caso de una anexión de Groenlandia. Tengo la sospecha de que el asesor principal de Trump, Stephen Miller, tiene razón al señalar que nadie va a luchar por Groenlandia. Las encuestas muestran que apenas 38 por ciento de los ciudadanos alemanes y 16 por ciento de los italianos en edad de combatir tomarán las armas para defender su propio país.Dicho esto, el mercantilismo que impulsa tanto a China como a Estados Unidos implicará, por su propia naturaleza, conflicto y colaboración con varias naciones, ya que los actores principales se rodean con cautela, buscando expandir su influencia sin involucrarse en una guerra abierta. El gran juego original se desarrolló de manera indirecta a través de conflictos indirectos. Este será el caso en la actualidad. Europa, Corea, Japón, Australia, parte de África y América Latina tienen mucho en juego. Deben tomar decisiones no binarias entre Estados Unidos y China, y la situación tardará décadas en resolverse.Como escribe Hopkirk: “Algunos sostienen que el gran juego en realidad nunca cesó, y que fue simplemente el precursor de la guerra fría de nuestros tiempos, alimentada por los mismos temores, sospechas y malentendidos”. Todo esto es evidente hoy. El pasado, después de todo, nunca es del todo pasado.

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