La estrategia de Washington, que inicialmente se presentó como una operación antinarcóticos, ha escalado hasta convertirse en una confrontación directa por los recursos energéticos del país sudamericano. La administración Trump ha desplegado una considerable fuerza naval en el Caribe, incluyendo el portaaviones USS Gerald R. Ford, con el objetivo declarado de presionar al gobierno de Nicolás Maduro. El presidente Trump ordenó un “bloqueo total y completo de todos los petroleros sancionados que entran y salen de Venezuela”, lo que ha resultado en la intercepción y confiscación de al menos dos buques, el Skipper y el Centuries, mientras un tercero, el Bella 1, estaba bajo persecución. La justificación de estas acciones ha evolucionado: inicialmente se enmarcaban en la lucha contra el narcotráfico y el presunto “Cártel de los Soles”, pero Trump declaró explícitamente que busca recuperar activos petroleros que, según él, fueron “robados” a empresas estadounidenses.

“Nos quitaron todo nuestro petróleo... Y lo queremos de vuelta”, afirmó.

Esta postura ha sido calificada como “piratería” y “agresión flagrante” por Venezuela, que ha recibido el respaldo de Rusia y China en el Consejo de Seguridad de la ONU. La situación se ha vuelto tan tensa que, en una entrevista, Trump se negó a descartar una guerra con Venezuela. “No lo descarto, no”, respondió, añadiendo que si Maduro “se hace el duro, será la última vez que pueda hacerlo”. Mientras tanto, la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, fue más directa al afirmar que Maduro “tiene que irse”.