La administración de Donald Trump ha comprometido una aportación de 2 mil millones de dólares para la ayuda humanitaria de las Naciones Unidas en 2026, una reducción drástica en comparación con años anteriores. Esta decisión se acompaña de una advertencia directa a las agencias de la ONU, a las que se les insta a “adaptarse, reducirse o morir” ante las nuevas limitaciones presupuestarias. El nuevo monto es significativamente inferior a las contribuciones de años recientes, que llegaron a superar los 10 mil millones de dólares anuales e incluso alcanzaron un máximo de 17.2 mil millones en 2022.
A pesar del recorte, la Casa Blanca sostiene que Estados Unidos se mantiene como el principal donante humanitario a nivel global.
Los fondos se canalizarán a un fondo general para ser distribuidos según las prioridades de Washington, un cambio que busca, según el gobierno, reformar un sistema humanitario considerado “insostenible” e “ineficiente”.
El subsecretario de Asuntos Humanitarios de EE.
UU., Jeremy Lewin, aseguró que la nueva forma de entregar la ayuda será “dos veces más eficiente”. Sin embargo, críticos y trabajadores humanitarios han expresado su preocupación, advirtiendo que la disminución de la ayuda occidental ya ha tenido efectos directos en el aumento del hambre, el desplazamiento forzado y la propagación de enfermedades en diversas regiones del mundo. La ONU, por su parte, ha ajustado su solicitud de fondos para 2026 a 23 mil millones de dólares, casi la mitad de lo solicitado para 2025, reflejando la caída del apoyo de los donantes.
En resumenEl drástico recorte en la financiación de Estados Unidos a la ONU para ayuda humanitaria marca un giro en su política exterior, utilizando la presión económica para forzar una reestructuración del sistema. Esta medida, justificada como una búsqueda de eficiencia, amenaza con agravar las crisis globales y debilitar la capacidad de respuesta de las agencias humanitarias en un momento de necesidades sin precedentes.