La tasa promedio para productos chinos llegó a situarse entre el 29% y el 48%. La justificación de la Casa Blanca fue la necesidad de revertir el déficit comercial y proteger la industria nacional. La disputa comercial dominó el panorama económico, llevando a la Organización Mundial del Comercio (OMC) a rebajar sus previsiones de crecimiento.

Eventualmente, tras rondas de negociaciones, se alcanzó una tregua, pero los aranceles se mantuvieron como una herramienta de presión política.

Trump los utilizó no solo con fines económicos, sino también para presionar a países en otros ámbitos, como a México por la migración. La política arancelaria tuvo consecuencias internas en Estados Unidos, contribuyendo a la persistencia de la inflación y afectando el poder adquisitivo de los consumidores. Curiosamente, en medio de este conflicto, México emergió como un “inesperado ganador”, según The Wall Street Journal, al captar parte del mercado que dejaron los productos chinos y posicionarse como el principal socio comercial de Estados Unidos.