La administración Trump impuso oleadas de aranceles adicionales a productos importados, diferenciados por país y sector, bajo el lema “America First”. La escalada con China fue particularmente intensa, con gravámenes que alcanzaron el 145% por parte de EE. UU. y el 125% por parte de Pekín, antes de llegar a una tregua que mantuvo los aranceles en niveles elevados.

Esta confrontación sacudió la economía mundial y llevó a la Organización Mundial del Comercio (OMC) a rebajar sus previsiones de crecimiento del comercio.

Trump también utilizó los aranceles como herramienta de presión política contra México por la migración y contra Brasil por el procesamiento judicial de su aliado Jair Bolsonaro. Sin embargo, ante el aumento de la inflación y el descontento de los votantes, el gobierno se vio obligado a relajar aranceles sobre productos básicos como café y carne de vacuno. A pesar de la retórica de que los aranceles traerían empleos de manufactura de vuelta, el sector perdió más de 50,000 trabajadores desde que Trump asumió el cargo. Inesperadamente, México emergió como un beneficiario de esta guerra comercial, aumentando sus exportaciones a EE. UU. casi un 9% y superando a China como el principal proveedor de bienes extranjeros.