Este suceso representa una escalada sin precedentes en la política exterior estadounidense hacia la región y redefine las relaciones hemisféricas.
La madrugada del 3 de enero de 2026, diversas ciudades venezolanas, incluyendo Caracas, Miranda, Aragua y La Guaira, reportaron múltiples explosiones y el sobrevuelo de aeronaves militares. Horas después, Donald Trump confirmó la operación a través de su red social Truth Social: “Estados Unidos ha llevado a cabo con éxito un ataque a gran escala contra Venezuela y su líder, el presidente Nicolás Maduro, quien fue, junto a su esposa (Cilia Flores), capturado y sacado del país”. La misión, que Trump calificó de “brillante” en una entrevista con The New York Times, involucró a fuerzas especiales de élite como la Delta Force y ataques aéreos contra instalaciones estratégicas como la base aérea de La Carlota y Fuerte Tiuna. El objetivo era neutralizar las defensas del régimen para facilitar la extracción de Maduro. La justificación de la administración Trump se basa en las acusaciones que pesan sobre Maduro desde 2020 por narcoterrorismo, corrupción y por liderar el Cártel de los Soles, designado por Washington como una organización terrorista. Tras su captura, se informó que Maduro será trasladado a Estados Unidos para ser juzgado por dichos cargos.
La Administración Federal de Aviación (FAA) de EE.
UU. prohibió los vuelos comerciales en el espacio aéreo venezolano debido a la “actividad militar en curso”, mientras el gobierno venezolano denunciaba los hechos como una “agresión imperialista”.
Trump anunció que ofrecería más detalles en una conferencia de prensa desde su residencia de Mar-a-Lago en Florida.












