La operación, planeada durante meses, involucró un despliegue masivo de más de 150 aeronaves, incluyendo cazas F-35 y F-22, bombarderos y helicópteros de la unidad de élite 160° Regimiento de Operaciones Especiales Aéreas (SOAR). Según el general Dan Caine, jefe del Estado Mayor Conjunto, la misión fue “discreta y precisa”, ejecutándose en la madrugada del 3 de enero tras ataques aéreos que neutralizaron las defensas venezolanas en Caracas y otros tres estados. La planificación incluyó el uso de inteligencia de la CIA, que desde agosto de 2025 monitoreaba el “patrón de vida de Maduro”, y ensayos en una réplica a escala de su residencia. El presidente Donald Trump, quien supervisó la operación, afirmó que Maduro fue capturado “antes de ingresar a una zona de máxima seguridad” y sin que las tropas estadounidenses sufrieran bajas mortales, aunque se reportaron siete heridos. El saldo del lado venezolano fue considerable; el gobierno de Cuba confirmó la muerte de 32 de sus militares que formaban parte del equipo de seguridad de Maduro, mientras que el ejército venezolano reportó al menos 24 bajas. Cifras no oficiales citadas por medios internacionales elevan el total de fallecidos a cerca de 100 personas, incluyendo civiles.
Tras su captura, Maduro y Flores fueron trasladados a Nueva York para enfrentar cargos federales por narcotráfico y terrorismo en la Corte del Distrito Sur, donde en su primera comparecencia se declararon “no culpables” y Maduro se autodenominó “prisionero de guerra”.








