En primer lugar, impacta negativamente al sector turístico y de negocios, disuadiendo la llegada de visitantes y la realización de inversiones. Un menor flujo de pasajeros se traduce en menores ingresos para aerolíneas, servicios aeroportuarios, transporte terrestre, hoteles y restaurantes, afectando una cadena de valor crucial para la economía local. En segundo lugar, esta estadística deteriora la imagen de la ciudad a nivel nacional e internacional, reforzando la narrativa de un destino riesgoso. Aunque el descenso es moderado, es una señal de alerta para las autoridades y el sector privado sobre la necesidad de implementar estrategias efectivas que no solo combatan la delincuencia, sino que también trabajen activamente en la recuperación de la confianza. La comparación con Mazatlán sugiere que, si bien el problema es estatal, sus efectos varían regionalmente, pero ninguna localidad importante, incluida la capital, es inmune a las repercusiones económicas de la violencia.