Las movilizaciones, que comenzaron a finales de diciembre de 2025 y son consideradas las más importantes desde 2022, fueron desencadenadas por el colapso del rial y una inflación galopante.

Aunque el descontento es principalmente económico, ha adquirido un claro giro político.

En numerosos videos difundidos en redes sociales, se escucha a los manifestantes corear el lema: “Ni Gaza, ni Líbano, que mi vida sea sacrificada por Irán”.

Esta consigna refleja una creciente indignación popular contra décadas de compromiso regional del régimen islámico, que moviliza recursos para apoyar a sus aliados en detrimento de las necesidades internas.

La frustración es palpable en todos los estratos de la población, desde los comerciantes del bazar, tradicionalmente más conservadores, hasta los estudiantes universitarios. El hecho de que estas críticas a la política exterior se manifiesten abiertamente en las calles indica un hartazgo generalizado que trasciende la crisis económica. Además, algunas figuras de la oposición en el exilio, como Reza Pahlavi, son señaladas por su cercanía con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, lo que añade otra capa de complejidad a la dinámica política interna y su relación con el conflicto regional.