La situación transformó las instalaciones del aeropuerto en lo que fue descrito como un "improvisado campamento urbano". Cientos de viajeros, frustrados por la falta de información y la incertidumbre sobre la reprogramación de sus vuelos, tuvieron que pasar horas e incluso noches en los pasillos de la terminal.
Las imágenes difundidas mostraban a personas durmiendo en el suelo, utilizando sus maletas como almohadas y buscando cualquier espacio disponible para descansar.
El colapso operativo evidenció la vulnerabilidad de la terminal ante fenómenos meteorológicos de esta magnitud. La falta de visibilidad impidió tanto despegues como aterrizajes, generando un efecto dominó que afectó a rutas nacionales e internacionales. Este evento no solo causó molestias y pérdidas económicas a los pasajeros, sino que también puso de manifiesto la necesidad de mejorar los protocolos de comunicación y atención al cliente en situaciones de contingencia para gestionar de manera más eficaz el flujo de personas y la reprogramación de itinerarios.








