La violencia feminicida en México se manifiesta en crímenes brutales que destrozan familias y comunidades, mientras la lucha por la justicia a menudo enfrenta la inacción estatal, llevando los casos hasta cortes internacionales. Los hechos reportados en Batopilas, Nuevo Casas Grandes y la sentencia de la Corte IDH sobre un caso de Ciudad Juárez ilustran las distintas facetas de esta grave problemática. En Batopilas, Chihuahua, se procesó a Pedro C. M. por el feminicidio de su esposa, Rufina G. L., a quien presuntamente golpeó y asesinó con un arma de fuego tras intervenir en una discusión de ella con una vecina, un claro ejemplo de la violencia machista en el ámbito doméstico. La tragedia se multiplica en Nuevo Casas Grandes con el doble feminicidio de Anayeli C.M., de 32 años, y su hija Melani, de 12. El principal sospechoso es el esposo de Anayeli, quien además habría abusado sexualmente de la menor. El impacto de este crimen fue tan devastador que un primo de la víctima, Reidecel Cháidez Melero, murió de un paro cardiaco mientras protestaba para exigir justicia.
Este caso evidencia cómo la violencia feminicida aniquila no solo a las víctimas directas, sino que también desintegra el tejido familiar y social.
A nivel internacional, la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH) condenó a México por el feminicidio de Lilia Alejandra García Andrade, ocurrido en Ciudad Juárez en 2001. La sentencia responsabiliza al Estado por su negligencia en la investigación y resalta la labor de Norma Andrade, madre de Lilia, quien se convirtió en defensora de derechos humanos ante la falta de acción estatal.
Este fallo subraya un patrón de impunidad que obliga a las familias a buscar justicia fuera del país.
En resumenDesde la violencia íntima en Batopilas hasta el impacto comunitario en Nuevo Casas Grandes y la condena internacional por un caso histórico en Juárez, estos eventos subrayan la persistencia y gravedad de la violencia feminicida en México. Evidencian la necesidad urgente de acciones estatales efectivas para prevenir los crímenes, garantizar justicia sin dilación y proteger a las familias de las víctimas, quienes a menudo lideran la lucha contra la impunidad.