La narrativa de austeridad republicana, pilar del discurso de Morena, enfrenta una crisis de credibilidad ante la acumulación de escándalos por lujos, excesos y presunta corrupción que involucran a figuras prominentes del partido. La dirigente nacional, Luisa María Alcalde, ha reconocido que estos hechos impactan negativamente en la imagen del movimiento, aunque insiste en que forman parte de una “campaña de desprestigio” orquestada por la oposición. Los casos que han generado mayor controversia incluyen al senador Gerardo Fernández Noroña, señalado por viajar en aviones privados y adquirir una mansión de 12 millones de pesos; al gobernador de Puebla, Alejandro Armenta, visto abordando un jet privado en Nueva Jersey; y al hijo del expresidente, Andrés Manuel López Beltrán, por la compra de una obra de arte de 30 mil dólares y sus supuestos negocios en Japón.
A esta lista se suman el senador Adán Augusto López, por sus presuntos lazos con Hernán Bermúdez Requena, y el diputado Ricardo Monreal.
Ante estos hechos, Alcalde ha pedido a los implicados que “les tocará aclarar”, insistiendo en que “nosotros tenemos que siempre actuar con el ejemplo”.
Sin embargo, la respuesta de algunos, como Fernández Noroña, ha sido desafiante, afirmando que seguirá usando taxis aéreos si es necesario. Estos episodios, calificados como “hipernormalización” de la corrupción por algunos analistas, chocan con la promesa de la presidenta Claudia Sheinbaum, quien en una carta a militantes prohibió explícitamente “viajar en helicópteros o aviones privados, portar ropa de marca o andar con séquitos de camionetas”. La situación revela una tensión interna entre el discurso oficial del partido y las acciones de sus miembros, poniendo en duda la capacidad de la dirigencia para mantener la disciplina y la congruencia con sus principios fundacionales.
En resumenLos repetidos escándalos de opulencia y presunta corrupción están socavando el capital político de Morena, basado en la austeridad. Aunque la dirigencia intenta minimizar el daño atribuyéndolo a ataques externos, la creciente disonancia entre el discurso y la práctica de sus figuras clave representa un desafío fundamental para la cohesión y la legitimidad del partido gobernante de cara al futuro.