El gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum ha enviado al Congreso una ambiciosa reforma en materia hídrica que busca transformar radicalmente la gestión del agua en México. La iniciativa propone expedir una nueva Ley General de Aguas y modificar la Ley de Aguas Nacionales para eliminar el régimen de transmisión de derechos entre particulares, una práctica que, según el gobierno, ha fomentado un “mercado negro” y el acaparamiento del recurso. La propuesta, que ya se encuentra en la Cámara de Diputados, establece que los derechos de concesión y asignación de agua “no serán objeto de transmisión”, poniendo fin a un modelo que, según la administración, fue producto de la visión neoliberal del salinismo. En su lugar, las reasignaciones de volúmenes de agua solo podrán realizarse con autorización previa de la “autoridad del agua”. La reforma también contempla la creación de un Fondo de Reserva de Aguas Nacionales, que se integrará con los volúmenes recuperados de títulos de concesión para su reasignación estratégica. Además, se endurecen significativamente las sanciones por “delitos hídricos”, que serán perseguidos de oficio.
Se proponen penas de hasta diez años de prisión para quien traslade aguas nacionales con fines de lucro sin autorización y hasta nueve años para quien altere medidores.
Organizaciones como Agua para Todos y la Coordinadora Nacional Agua para Tod@s, Agua para la Vida han criticado la iniciativa, argumentando que “mantiene vigente una norma que es producto del neoliberalismo” y que no establece mecanismos regulatorios efectivos contra los grandes concesionarios, permitiendo la destrucción de fuentes acuíferas. A pesar de las críticas, la reforma avanza como una de las prioridades del gobierno para recuperar el control estatal sobre un recurso estratégico.
En resumenLa reforma hídrica del gobierno federal representa un cambio de paradigma en la gestión del agua, buscando recentralizar el control estatal y desmantelar el mercado de concesiones. Si bien su objetivo es garantizar el derecho humano al agua y combatir el acaparamiento, enfrenta la crítica de organizaciones civiles que la consideran insuficiente para regular a los grandes usuarios y proteger los ecosistemas, lo que anticipa un complejo debate legislativo.