La violencia política se recrudece en México con los asesinatos del exalcalde Juan Carlos Mezhua en Zongolica, Veracruz, y el previo caso de Carlos Manzo en Uruapan, Michoacán. Estos crímenes exponen la vulnerabilidad de los actores políticos locales y la presunta infiltración del crimen organizado en las estructuras de poder. El asesinato de Juan Carlos Mezhua, exalcalde, exdiputado y exdirigente del PRD, ocurrió la mañana del 23 de noviembre cuando fue emboscado por un grupo armado cerca de una base de la Guardia Nacional. Su familia repudió el hecho, criticando directamente la “Estrategia de Paz” de la presidenta Claudia Sheinbaum y la gobernadora Rocío Nahle. Significativamente, Mezhua, al igual que Carlos Manzo, trabajaba en la conformación de un movimiento político independiente en su estado.
Este patrón ha encendido las alarmas sobre la violencia dirigida a líderes con bases sociales fuera de los partidos tradicionales.
El caso de Carlos Manzo, asesinado el 1 de noviembre, ha revelado una trama aún más compleja. Las investigaciones apuntan a que el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) ofreció dos millones de pesos por su muerte. Además, se ha implicado a Roldán Álvarez Ayala, Consejero Estatal de Morena en Michoacán, como presunto líder de la célula del CJNG que ordenó el crimen. La investigación también ha resultado en la detención de siete escoltas del propio Manzo, acusados de homicidio por omisión, y se reveló que el joven autor material fue abatido por uno de los escoltas cuando ya estaba sometido, eliminando a un testigo clave. Estos homicidios, que se suman a una lista de al menos 14 actores políticos asesinados en Veracruz en 2025, evidencian un entorno de alto riesgo para el ejercicio político y una profunda crisis de seguridad que desafía la narrativa de pacificación del gobierno.
En resumenLos asesinatos de Juan Carlos Mezhua y Carlos Manzo, ambos impulsores de movimientos independientes, subrayan un alarmante patrón de violencia política. Las investigaciones revelan la posible colusión de actores políticos con el crimen organizado, mientras la incapacidad del Estado para proteger a sus funcionarios locales agrava la crisis de seguridad y gobernabilidad en varias regiones del país.