El Día de Muertos en México, reconocido por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, se consolida como una de las tradiciones más vivas y dinámicas del país, marcada por un constante diálogo entre sus profundas raíces prehispánicas y las influencias culturales contemporáneas. Esta celebración tiene sus orígenes en las culturas mesoamericanas, como la mexica, que dedicaban cerca de 40 días a honrar a sus difuntos, creyendo que la muerte era solo una transición hacia el Mictlán, el inframundo. Con la llegada de los españoles en el siglo XVI, estos rituales se fusionaron con las festividades católicas del Día de Todos los Santos (1 de noviembre) y el Día de los Fieles Difuntos (2 de noviembre), dando lugar a un sincretismo único. La historiadora Elsa Malvido señaló que la celebración, tal como la conocemos, tiene un origen colonial y cristiano, aunque elementos como la flor de cempasúchil y la iconografía de calaveras son aportaciones del México indígena y mestizo. En la actualidad, esta festividad enfrenta un nuevo diálogo cultural, especialmente en la frontera norte, donde la influencia de Halloween es notoria.
En ciudades como Piedras Negras, Coahuila, “las calaveras de azúcar conviven con las calabazas talladas”.
Sin embargo, lejos de ser un reemplazo, esta convivencia se percibe como una forma de resistencia cultural.
Las familias siguen montando sus altares con pan de muerto, veladoras y flores, manteniendo viva la esencia de recordar a sus seres queridos con color y comida.
Este fenómeno refleja un México híbrido y resiliente, donde las tradiciones ancestrales no solo sobreviven, sino que se adaptan y reafirman su identidad frente a la globalización.
En resumenEl Día de Muertos se reafirma como una tradición mexicana en constante evolución, que integra sus raíces prehispánicas y coloniales con influencias modernas como el Halloween, demostrando una notable capacidad de adaptación y resistencia cultural.