Cuando Trump decide por el mundo: hegemonía, petróleo y amenaza global
En este inicio del año 2026, el mundo ha sido testigo (aunque muchos se cieguen) de una política exterior estadounidense agresiva y unilateral que encarna la administración de Donald Trump. Una presidencia que, lejos de respetar los principios de la convivencia pacífica entre naciones, ha colocado la doctrina del poder por encima del derecho internacional, la soberanía y la autodeterminación de los pueblos. El 3 de enero de 2026, Estados Unidos lanzó un ataque militar directo en Venezuela (aunque muchos digan erróneamente que fue “justicia”), etiquetado como la Operación Determinación Absoluta, que incluyó incursiones aéreas y terrestres en territorio venezolano y culminó con la captura del presidente Nicolás Maduro y su esposa. Ambas figuras fueron trasladadas a Nueva York para enfrentar cargos federales por narcoterrorismo. Cuando se lee la historia desde los márgenes, no como columnas de cifras y eslóganes mediáticos, surge una pregunta inquietante y fundamental: ¿puede un país pretender “liberar” a otro cuando destruye su estructura política soberana y decide arbitrariamente quién manda y en qué condición? Trump ha argumentado que estas acciones responden a razones de seguridad, en contraposición a su supuesta lucha contra el narcotráfico y el autoritarismo. Sin embargo, la narrativa mediática oficial (y que algunos medios afines reproducen) se cae cuando se miran los hechos sin filtros. De tal manera que, ante este panorama, podemos analizar las acciones del gobierno de Trump desde varias aristas, con el objetivo de una mejor comprensión para el lector de lo que el mundo está enfrentando: “Acceso total” a los recursos: ¿liberación o apropiación? Tras el operativo, Trump no solo celebró la captura de Maduro, también exigió a la dirigencia venezolana un “acceso total” a los recursos naturales del país, especialmente a la industria petrolera, bajo la amenaza de una nueva intervención si Venezuela no accede a estas demandas. Pocos días después, él mismo convocó en la Casa Blanca a ejecutivos petroleros (incluyendo Chevron, ExxonMobil y ConocoPhillips) y les instó a invertir 100 mil millones de dólares para reconstruir y explotar el sector petrolero venezolano, prometiendo seguridad para sus operaciones, aunque sin ofrecer detalles concretos sobre mecanismos legales o respeto a la soberanía local. Entonces, aquí surgen otras interrogantes fundamentales: ¿qué significa para los venezolanos que una potencia extranjera exija “acceso total” a sus recursos estratégicos tras derribar a su gobierno? ¿No es ésta la definición misma de explotación bajo la apariencia de ayuda? México en la mira: ¿seguridad nacional o pretexto para injerencia? No es un secreto que Trump ha amplificado sus ataques verbales contra México acusando al país vecino de no controlar suficientemente a los cárteles de la droga y declarando que “algo habrá que hacer” si la situación continúa, situación de la que muchos mexicanos que no convergen con la 4T estarían felices; no obstante, no ven lo que realmente implicaría algo así. Aunque México ha reafirmado su postura de no permitir intervenciones militares extranjeras en su territorio, defendiendo la soberanía nacional y la no intervención, pilares de su política exterior constitucional, el simple hecho de que una potencia vecina hable de acciones unilaterales en su territorio por motivos de “seguridad” es, en sí mismo, un acto de intimidación que merece reflexión. Frente a esto, la pregunta que debemos hacernos como mexicanos es clara: ¿estamos dispuestos a aceptar discursos que sugieren el uso de la fuerza en nuestro suelo bajo la excusa de la “seguridad nacional” de otra nación, cuando la historia demuestra que tales justificaciones rara vez protegen a las poblaciones locales? Groenlandia: del Ártico al corazón del imperialismo Si bien la relación de Estados Unidos con México o Venezuela tiene un componente histórico (a veces de cooperación, otras de contienda), la amenaza explícita de Trump hacia Groenlandia representa un salto cuantitativo en la retórica de dominación. El presidente estadounidense declaró que Estados Unidos obtendría Groenlandia “tengan ellos o no la voluntad”, citando la ubicación estratégica y el deseo de bloquear a competidores globales como China o Rusia. El gobierno danés y las autoridades groenlandesas respondieron con contundencia, rechazando las amenazas y advirtiendo que tal intento podría incluso fracturar la alianza del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Este episodio obliga a un análisis serio: ¿cómo interpretar una política exterior que plantea la anexión territorial como una opción viable? ¿Qué diferencia existe entre estas declaraciones y las ambiciones expansionistas de épocas oscuras del pasado? La doble moral de la hegemonía Trump y su administración dicen criticar a los gobiernos autoritarios; sin embargo, su propia política exterior exhibe rasgos autoritarios cuando se trata de otros países. Esta contradicción no es trivial: evidencia una doble moral donde se condena lo que se practica, donde las sanciones por “falta de democracia” se convierten en pretextos para intervenir si el poder económico lo justifica. Mientras líderes europeos como Emmanuel Macron o Olaf Scholz rehúsan implicarse en este tipo de retórica directa, Trump afirma abiertamente que su moral personal es “la única que puede detenerlo”, desestimando el peso del derecho internacional. ¿No es esta postura una vuelta al concepto de “destino manifiesto”, disfrazado de seguridad pero motivado por ambiciones económicas y geopolíticas? Estamos nuevamente ante la doctrina Monroe, que ahora se le ha llamado doctrina Donroe. Lo que está en juego: soberanía, paz y el orden internacional El ataque a Venezuela ha provocado condenas en toda América Latina y más allá. Gobiernos regionales han pedido una solución pacífica y multilateral a la crisis, señalando que la violencia no genera estabilidad duradera; sin embargo, no hay acciones contundentes para detener al gobierno de Donald Trump, no hay un valiente aún que le ponga un verdadero alto: todo se centra en discursos de “condena”. De manera similar, encuestas recientes sugieren que una mayoría de mexicanos se opone a la intervención estadounidense en Venezuela, lo que indica que no es necesario apoyar a gobiernos específicos para oponerse a la violencia o a la intervención extranjera, aunque también hay muchos que expresan desinterés y que mejor debería centrase el gobierno mexicano a los problemas del país; sin embargo, esas visiones son limitadas, no están viendo la fotografía completa, se van más por lo mediático y por su no afinidad al gobierno de Morena. En tiempos en que el mundo debería fortalecer el orden internacional basado en normas comunes, respetar las fronteras y privilegiar el diálogo, nos enfrentamos a una política que usa la fuerza, la amenaza y el interés económico como herramientas de dominación. La gran pregunta que debemos hacernos, como ciudadanos conscientes, no es solo qué país puede ser el siguiente en la agenda de Estados Unidos, sino qué modelo de mundo estamos dispuestos a aceptar. ¿Uno en el que las grandes potencias determinan destinos ajenos bajo la justificación de la seguridad, o uno donde la soberanía, la paz y el respeto mutuo sean principios irrenunciables? Pareciera que estamos regresando al siglo XIX, donde las grandes potencias se repartieron el continente africano. Hoy, debemos tener consciencia de la amenaza que representa Donald Trump no solo para Latinoamérica, sino para el mundo entero, algo así como una especie hitleriana “made in USA”. Facebook: Juan Carlos Jaimes X: @jcarlosjaimesEl Gato Epistémico