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El segundo mandato de Donald Trump se define por su estilo impredecible y una agenda controversial

Un año después de iniciar su segundo periodo presidencial, Donald Trump impulsa una serie de polémicas medidas políticas y legislativas, mientras su particular estilo de gobernar genera tensiones tanto a nivel nacional como internacional.
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A un año de haber comenzado su segundo mandato, el estilo de gobierno de Donald Trump sigue generando debate.

El presidente se considera un maestro negociador y defiende su imprevisibilidad como una ventaja estratégica, pero tanto aliados como adversarios lo perciben como voluble y poco fiable. Sus constantes cambios de postura en temas como aranceles, política exterior y negociaciones, como las que sostuvo con la Universidad de Harvard o las amenazas sobre Groenlandia, han provocado que algunos socios internacionales, como Canadá, busquen relaciones más predecibles con otras potencias como China. A pesar de las críticas, la Casa Blanca sostiene que este método ha conseguido nuevos acuerdos comerciales y de paz. En el ámbito legislativo, Trump presiona al Congreso para aprobar la ley 'SAVE America', que endurecería los requisitos para votar a nivel federal, exigiendo identificación y prueba de ciudadanía, además de restringir severamente el voto por correo.

Esta iniciativa se basa en sus acusaciones infundadas sobre un supuesto fraude electoral en comicios pasados.

Adicionalmente, ha puesto en la mira a los empleados burócratas del gobierno federal con planes para posibles despidos masivos, una medida que, según los críticos, debilita la estabilidad institucional de la administración pública.

Las motivaciones personales del mandatario también han sido expuestas, ya que él mismo reconoció que su deseo de ganar las elecciones de 2020 estaba impulsado por su 'propio ego'.

A la par, Trump ha utilizado la religión como una herramienta política para movilizar a su base conservadora. Anunció una oración colectiva masiva para 'volver a consagrar a Estados Unidos' y utilizó el Desayuno Nacional de Oración para atacar a sus opositores, mezclando fe y política.

Expertos señalan que esta estrategia instrumentaliza la fe, borra la separación entre Iglesia y Estado y profundiza la polarización en el país.

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