Historias y Relatos: Casas que acumulan historias la famosa casa de las tortugas
OpiniónMaría Félix, “La Doña”, la diva del cine mexicano, adquiere esta casa en 1986; está ubicada en la primera privada de la Avenida Palmira, donde se encuentran tres casas que dan a la barranca de Amanalco, muy cerca y al sur del Puente de la Emperatriz. Son verdaderas villas de inspiración italiana, fueron originalmente construidas en los años 50 por el decorador con dotes de arquitecto, Pepe Mendoza (sinónimo de nuestro amigo el arquitecto cuernavacense). Ese arquitecto también diseñó entre otras, la casa que fue de Abel Quezada y su esposa Josefina al oriente del mencionado puente sobre calle Rufino Tamayo, hoy restaurante Piccolo Peccato. La casa de La Doña tenía en su origen un rico diseño, pero austero, con acabados de tabique aparente, pintura a la cal, pisos de concreto pulido, teja rústica y un algo de azulejo talavera. Visitas frecuentes a esta casa, eran Emilio Azcárraga Milmo, Carlos Slim Domit, Enrique Krauze, Carlos Monsiváis, muchos representantes del arte, anticuarios, artistas, empresarios, pocas mujeres que no destacaran por su belleza, y el entonces alcalde Alfonso Sandoval, que hizo amistad con La Doña, con quienes se hacían muy animadas tertulias sobre cultura y política. En la primera etapa se acondicionó la recámara principal en la planta media y el estudio de pintura en planta alta, más un pequeño dormitorio para su soltero hijo Enrique Álvarez Félix. Diez años después de adquirirla, a la muerte de su hijo en 1996, la Doña emprende una tarea, que según sus propias palabras le serviría de terapia, y decide reordenar nuevamente su casa después de casi ocho años de haber terminado la primera etapa para otra vez remodelar y ampliar los espacios ya construidos. La segunda remodelación corrió también a cargo de nuestro amigo, el arquitecto Carlos Benítez Fuentes, quien frecuentemente viajaba a Nueva York para traer azulejos portugueses; los últimos fueron finalmente elaborados por la Cerámica Santa María de Cuernavaca. La propiedad es de aproximadamente tres mil metros cuadrados con ochocientos metros de construcción. Carlos Benítez, quien trabajó diez años con La Doña, nos narra que él la recibía todos los viernes, siempre interesada en los acontecimientos de la ciudad, de política, de la sociedad, además para tomar decisiones de la obra. La Doña siempre le encargaba sus puros de marca “Tiparillo” de la tabaquería de nuestro amigo Rafael Velázquez cuando su tabaquería estaba al lado de La Universal. Lo primero que hicimos, nos cuenta Carlos, fue convertir la azotea en un “roof-garden” donde se pudiera apreciar el frondoso paisaje al sur de la barranca de Amanalco y fue diseñado para que Antoine Tzapoff, pareja de “La Doña”, pudiera realizar sus pinturas. “El patio, que era una especie de invernadero techado, lo convertimos en el “salón oriental”. En la sala de la Casa se construyó el “salón veneciano” y en una terraza también techada se edificó el “salón de los arcos”. La Doña cerró su departamento de París y mandó traer sus muebles antiguos desde Europa, lámparas, candelabros, marcos, algo de sus pinturas, tapices orientales del siglo XVII y XVIII, muchos objetos valiosos que fueron transportados en un avión especial. Al llegar a México, todo este cargamento lo subieron en dos tráileres y ella escoltó personalmente sus pertenencias en otro vehículo hasta llegar a Cuernavaca. Durante la remodelación, “La Doña” solía hospedarse en Las Mañanitas, hasta que un día decidió dormir en su casa aún sin terminar, pero tuvo que hacerlo en el piso, sobre unas colchonetas, y decidió quedarse para estar de cerca con la obra. Esta casa tiene una combinación de diversos estilos, muy bien logrados, asegura Benítez, con un gusto y fineza extraordinaria, únicos, difícil de repetir, porque bien se sabe que a ella no le gustaba “lo chafa”, como siempre decía. Benítez consiguió a un experto; se hicieron varios vitrales monumentales con escenas de tortugas y escenas marinas pintadas por Tzaapoff; uno está en la escalera principal de la casa, otro en el “salón oriental”. Para la alberca, que también se remodeló, se mandaron hacer unos diseños en mosaico bizantino en la fábrica de “Mosaicos Venecianos de Cuernavaca” con unas tortugas nadando; por ambas decoraciones, a la residencia se le conoce como “La Casa de las Tortugas”. Para que “La Doña” pudiera utilizar su alberca sin ser observada por sus vecinos, mandó construir una muralla de plantas de enredaderas y bambú de 20 metros de alto. Una obra de ingeniería y jardinería, por los desniveles del terreno. “La Doña” invirtió 11 años de su vida en remodelar y decorar esta casa, decía, para no caer en depresión, “La Casa de las Tortugas” quedó lista en 1998. Nota. Estimados lectores, el libro de mi autoría “Rescatando la historia de Cuernavaca” con temas como; Crónicas, Casas que acumulan historias, Relatos, Investigaciones, Empresarios que cambiaron la Historia de la ciudad, y un anexo con temas relevantes, ya lo pueden encontrar en los restaurantes Casa Hidalgo, Marco Polo, Pancracio, Cafetería Colibrí y librerías. ¡Hasta la Próxima!