El conductor del Metro que llegó a la cima del poder: esta fue la trayectoria de Nicolás Maduro a la Presidencia de Venezuela
Nacido en el seno de una familia trabajadora y progresista en el barrio de El Valle, en Caracas, el 23 de noviembre de 1962, Nicolás Maduro Moros no parecía en sus inicios destinado a ocupar el centro de una tormenta geopolítica global.Su padre, Nicolás Maduro García, fue un conocido dirigente sindical, primero de Acción Democrática y después en el Movimiento Electoral del Pueblo, y quien estuvo exiliado en Bogotá durante el gobierno de Marcos Pérez Jiménez por planificar un frustrado paro petrolero en Zulia, uno de los 23 estados de Venezuela.Su madre, Teresa de Jesús Moros, de nacionalidad colombiana, crió al joven Nicolás y a sus hermanas María Teresa, Josefina y Anita Maduro Moros, bajo la fe católica, aunque el mandatario depuesto por las fuerzas militares de Estados Unidos ha dicho públicamente que su linaje paterno tiene orígenes judíos sefardíes de Curazao. Estudió secundaria en Liceo José Ávalos y no asistió a la Universidad.Impregnado con el activismo y la conciencia de clase trabajadora de su padre, Nicolás fue expulsado a los 15 años de su primera escuela, el liceo Urbaneja Achelpohl, por organizar una protesta estudiantil. Fue su primer contacto con el activismo social, una huella que lo marcó a lo largo de su carrera.A diferencia de otros líderes políticos, su camino no empezó en las aulas de una universidad de élite, sino en el bullicioso y sudoroso espacio de un autobús urbano. De joven, Maduro comenzó a trabajar como chofer en el Metro de Caracas, donde llegó a ser miembro de la Junta Directiva y se convirtió en dirigente sindical y fundador del nuevo Sindicato del Metro de Caracas (SITRAMECA). Practicó béisbol a nivel competitivo y formó parte del equipo del Distrito Federal (Caracas) en los Segundos Juegos Deportivos Nacionales Juveniles de 1980, donde se desempeñó como lanzador. Incluso llegó a ser observado por un cazatalentos que le ofreció un contrato para desarrollarse como profesional en Estados Unidos, propuesta que rechazó, según recuentos contemporáneos.En aquella época era fanático de la música, en particular del británico John Lennon. Fue fundador de la banda de rock Enigma, en la que tocaba el bajo, y cuyas canciones llegaron a difundirse en emisoras de radio locales antes de que su trayectoria tomara un rumbo definitivo hacia la actividad política.Organizador natoDesde el inicio de su vida profesional, era claro que Maduro no era solo un chofer, era un organizador nato. Este periodo es fundamental en su narrativa posterior: el hombre del pueblo, que conocía las penurias desde dentro, que sudaba junto a sus compañeros, una imagen que sería aparentemente clave para enmarcar su sucesión del carismático Hugo Chávez. Su trayectoria militante lo llevó al Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR-200), desde donde se movilizó por la libertad de Chávez cuando éste se encontraba en prisión por su participación en la insurrección militar de 1992.En aquellos días, de acuerdo con una ficha biográfica oficial, solía reunirse en la clandestinidad con los colectivos sociales que apoyaban el proceso revolucionario.Maduro no participó en la insurrección de 1992 pero se convirtió en un puente entre el líder encarcelado y las redes de apoyo en la calle. Su lealtad inquebrantable a Chávez, desde aquellos días turbulentos, sería el activo más valioso de su carrera.Con el triunfo electoral de Hugo Chávez en 1998, Maduro inició una meteórica carrera institucional, siempre a la sombra del líder. Fue electo diputado a la Asamblea Constituyente en 1999 y luego a la Asamblea Nacional, donde presidió el hemiciclo entre 2005 y 2006. Su perfil era el del hombre confiable, discreto pero eficaz, más hábil en la negociación de pasillos que en los discursos encendidos. Presidió la Asamblea Nacional entre enero y agosto de 2006, hasta que fue llamado por Chávez a asumir el Ministerio de Relaciones Exteriores, un puesto donde Maduro desplegó una diplomacia de alto voltaje antiimperialista, afianzando alianzas con Irán, Rusia, China y Cuba.El heredero View this post on Instagram Cuando Hugo Chávez, enfermo de cáncer, lo designó públicamente como su sucesor en diciembre de 2012, la transformación parecía completa. La narrativa oficial comenzó a tejer el relato del sucesor: el chofer humilde, formado en la lucha sindical y pulido en la cancillería, como el heredero natural del proyecto bolivariano.Tras la muerte de Chávez, Maduro, ya como mandatario encargado, ganó por un estrecho margen las elecciones presidenciales de abril de 2013. El conductor del Metro había llegado a la cima del poder.Sin embargo, el ascenso marcó el inicio de un descenso complejo y tumultuoso. Maduro asumió el mando en un país económicamente vulnerable, con una polarización y sin el capital carismático de su predecesor. Expertos coinciden que su gestión se caracterizó por una profundización del control estatal de la economía, una represión creciente a la disidencia y una alineación férrea con potencias autoritarias. La crisis humanitaria, económica y social se agudizó de forma dramática: hiperinflación, escasez masiva, colapso de servicios básicos y un éxodo de más de siete millones de venezolanos.Internacionalmente, su régimen fue acusado sistemáticamente de corrupción, narcotráfico, violaciones de derechos humanos y crimen organizado, así como de presidir elecciones fraudulentas, en especial en 2024. Su proclamado triunfo electoral fue desconocido por la mayoría de países. Estados Unidos, bajo sucesivas administraciones tanto republicanas como demócratas, impuso sanciones económicas y comenzó a construir un caso judicial en su contra. La narrativa del líder obrero se desvanecía, reemplazada por la de un autócrata aislado, presidiendo la ruina de su país.El giro judicial View this post on Instagram El punto de quiebre en la historia personal de Maduro ocurrió en un escenario impensable años atrás.En marzo de 2020, el Departamento de Justicia de Estados Unidos desveló una acusación formal contra Nicolás Maduro y varios altos cargos de su gobierno. Se les imputan narcoterrorismo, conspiración para traficar cocaína a Estados Unidos y corrupción a gran escala, alegando que utilizaron el Cártel de los Soles, una presunta estructura criminal dentro de las Fuerzas Armadas venezolanas, para inundar Estados Unidos con drogas, que en los últimos días la fiscalía estadunidense ha “dulcificado”.La acusación, con una recompensa de 15 millones de dólares por información que llevara a su captura, transformó a Maduro de presidente en ejercicio a fugitivo internacional acusado. La narrativa dio un vuelco dramático: ya no era solo el líder de un país en crisis, sino el preso potencial de la justicia norteamericana. Esa recompensa ascendería a 50 millones.A partir de la orden de captura estadunidense, Maduro se convirtió en un rehén dentro de su propio palacio. Sus viajes al exterior se redujeron drásticamente por el riesgo de arresto y extradición. Finalmente en la madrugada del 3 de enero pasado fue capturado por órdenes del presidente Donald Trump, en la operación Determinación Absoluta.El ex hombre fuerte de Venezuela y su esposa fueron humillados y trasladados a Nueva York, donde fueron acusados de cuatro cargos criminales, incluido uno de narcoterrorismo que podría costarle una sentencia de prisión de por vida. No sólo se declaró inocente, sino proclamó ser un “prisionero de guerra”.La figura de Nicolás Maduro encarna una narrativa contradictoria. Para sus seguidores incondicionales, es el leal heredero de Chávez, el obrero que resistió el asedio imperial más feroz, víctima de una persecución política destinada a robar los recursos naturales, en especial el petróleo, de Venezuela. Pero para la mayoría de la comunidad internacional y una parte significativa de los venezolanos, es el hombre que aceleró el rumbo de su país a la catástrofe.Su trayecto, desde el asiento del conductor del Metro hasta el Palacio de Miraflores, y desde allí al banquillo de los acusados en un tribunal de Manhattan, es un arco dramático que mezcla ambición, lealtad, poder absoluto y una caída en desgracia de proporciones históricas.SNGZ