¿Dejar a Trump que se chingue solo?
Capronio es lo que en términos llanos y sencillos se llama un cabrón. No ha tenido nunca un rasgo de bondad; es pérfido, díscolo y malévolo, entre otros calificativos igualmente esdrújulos, como por ejemplo “méndigo”. Iba con su esposa por la calle, y el cura recién llegado al pueblo les dijo: “Entiendo que son ustedes unos esposos felices”. Acotó Capronio, hosco: “Yo soy el esposo. Ella es la feliz”... Las nuevas generaciones no conocen ya la expresión “de oquis”, antes muy usada para describir algo que es gratuito o en vano. “No voy a trabajar de oquis”. “Me opuse de oquis”. El mexicanismo “oquis” es deformación del vocablo “oque”, éste sí registrado por la Academia con la misma significación. Otros modismos hay ahora que también desaparecerán después. Las palabras y las locuciones son como las hojas de los árboles: unas caen y nacen otras. Advierto, sin embargo, que ya ando por los cerros de Úbeda, paraje del cual tengo las escrituras. Mi propósito es contar un suceso acaecido en el Bar Ahúnda. Cierto insolente tipo le hizo a una linda chica una proposición indecorosa: “Vamos al Motel Kamawa. Te pagaré bien”. Ripostó ella, indignada: “Se equivoca usted. No soy de las que se venden”. “¡Ah! –se alegró el majadero-. ¿Entonces vas a ir de oquis?”... Groenlandia es la segunda isla más grande del mundo, si a Australia se le considera isla. Su territorio es inmenso, más inmenso aún que el de Saltillo. El 80 por ciento de su suelo está cubierto por una masa helada, pero bajo ese hielo hay riquezas cuantiosas en petróleo y minerales estratégicos. Por eso Trump ambiciona apoderarse de Groenlandia, ya sea por compra o por fuerza. Sus habitantes son pocos, y ninguna resistencia podrían oponer a una agresión yanqui, pero la isla depende administrativamente de Dinamarca -ese país que tiene un sistema de salud igual al de México-, y cualquier intervención ahí de Trump daría origen a un grave conflicto. Yo no soy partidario de los graves conflictos. Si lo fuera la gente me señalaría por la calle: “Mira: ése es partidario de los graves conflictos”. Sé que de nada servirá aconsejar al amarillento habitante de la Casa Blanca que no imite a Hitler en su desatentada ambición expansionista. Ningún caso me haría, estoy seguro. Ya lo conozco. Pero viene a cuento algo que le sucedió al buen padre Arsilio. En su sermón dominical habló del alcoholismo que afectaba al pueblo, y pidió con suplicante acento a su feligresía: “¡Hermanas y hermanos! ¡Ayúdenme a acabar con el nefasto vicio del alcohol!”. “¡Ah no! –se oyó desde el fondo la voz de un borrachín-. ¡Déjenlo que se chingue solo!”. Bien querría yo que Trump se chingara solo en Groenlandia en vez venir a chingar a México. Pero no me hará ningún caso, estoy seguro. Ya lo conozco... Después de 565 sesiones el doctor Duerf, psiquiatra, le informó a su paciente: “Está usted curado. En adelante ya no sc creerá Napoleón”. “¡Fantástico, doctor! –exclamó, feliz, el tipo-. Se lo diré a mi esposa Josefína y empezaré de inmediato la invasión de Rusia!”. (Así le fue a Bonaparte, lo diré con música de la obertura “1812”, de Tchaikovski. Empezó la campaña con 300 mil soldado, y regresó a Francia con menos de 50 mil. Lo derrotó el general Invierno)... En el bungalow del hotel de cabañas la pareja de novios estaba disfrutando su noche de bodas. Entregados al amor se hallaban en la clásica y tradicional postura conocida como del misionero cuando se abrió de pronto la ventana de la habitación y asomó por ella un individuo que había sido pretendiente de la desposada. Le preguntó en tono desolado: “¿Significa esto, Susiflor, que ya no puedo abrigar ninguna esperanza?”... FIN.